(c)Mariola Díaz-Cano Arévalo. Aranjuez - Jardín del Príncipe. Otoño 2018.
(c)Mariola Díaz-Cano Arévalo. Aranjuez - Jardín del Príncipe. Otoño 2018.

Esta pieza teatral surgió de la idea surgida al alimón una tarde de café y charla con mi amiga de la infancia, y actriz y directora de teatro, Mari Carmen Rodríguez. Es mi primera y muy humilde incursión en el mundo de la dramaturgia.


 

PERSONAJES

 

Rosario

Sacerdote

Carcelera

Dos guardias

 

ESCENOGRAFÍA

 

Una celda con un camastro. Puerta lateral a la izquierda.

 

ESCENA PRIMERA

 

1967. Rosario, condenada a muerte, está con un sacerdote, que viene a darle confesión y está sentado en una silla a un lado, delante de los barrotes. Discuten.

 

Rosario.—         (Poniéndose de pie con aspavientos y muy enfadada). ¡Que se vaya he dicho!

 

Sacerdote.—    ¡Pero hija! (Se levanta también).

 

Rosario.—         ¿No me ha oído? ¡Váyase! ¡Déjeme en paz!

 

Sacerdote.—    Hija, que el Altísimo estará contigo y te perdonará todo lo que…

 

Rosario.—         ¡Márchese de una vez! ¡Guardia, guardia!

 

Carcelera.—     (Entrando. Mediana edad, altiva y malencarada). ¿Pero qué pasa aquí?

 

Sacerdote.—    (Calmando con gestos de las manos. En una sujeta una biblia). Nada, nada. Solo que…

 

Rosario.—         ¡Que se vaya de aquí! ¡No quiero curas del demonio, ni perdón ni nada!

 

Sacerdote.—    ¡Hija, hija, por Dios bendito, no blasfemes que…!

 

Rosario.—         (Acercándose y agarrando los barrotes con violencia antes de sacar un brazo y alargarlo hacia el cura. Él se echa para atrás, espantado, y la carcelera saca la porra y la hace sonar en los barrotes). ¡Que se vaya o todavía me lo llevo al infierno también!

 

Carcelera.—     ¡Quieta, Rosario, o llegas allí con el último moratón! Don Damián, haga el favor. Vámonos, que esta ya no tiene salvación ni de Dios ni del Diablo.

 

Sacerdote.—    Sí, sí la tiene… Todos la tenemos (en voz queda y bajando la mirada).

 

Carcelera.—     Ande, ande, salgamos. (Se guarda la porra y se aparta junto con el sacerdote).

 

Rosario.—         ¡Fuera los dos!

 

Sacerdote.—    (Con gesto apenado, y ya desde la puerta de la celda, echa una mirada a la mujer. Baja la voz y hace la señal de la cruz). Ego te absolvo

 

Salen ambos.

 

Rosario respira profundamente para serenarse. Se vuelve a sentar en el camastro. Pasan unos segundos hasta que se tranquiliza del todo. Ha mantenido la cabeza gacha y ahora la alza. Inspira, se coloca la ropa, se atusa el pelo y mira al frente primero y después hacia la puerta.

 

MONÓLOGO

 

Rosario.—         Salvación… ¿Dios y el Diablo? ¿Perdones? (Pausa). ¡Nada! ¡No habrá nada! ¡El vacío y ya está! ¡Y qué bien estará!

                              Por fin sin ruidos, ni palabras, ni golpes. Sin este olor, este sudor… Por fin sin imágenes ni recuerdos, sin miedos ni angustias, ni nervios. Al menos, ya no sentía arrepentimiento. Ahora por fin no habrá nada. Solo el olvido. Y allí él ya no podrá alcanzarme más. (Pausa). El perdón… ¿Cuántas veces lo pedí por creer que todo lo hacía mal a sus ojos? Fueron tantas… Tantos los motivos que busqué a sus cambios de humor, a su furia repentina por cualquier nimiedad. Porque tenía que haberlos. El ángel que me enamoró no pudo convertirse en ese demonio sin más, de la noche al día. Pero lo hizo. Y lo mismo que me enamoraron sus dulzuras y atenciones desmedidas también acabaron cegándome.

                                »Los errores eran míos porque yo era más joven, más inexperta en todo. Eso pensé al principio. Pero tampoco pedí la luna. Solo deseaba un buen hombre, cabal y trabajador, y tener una familia, dedicarme a ella, vivir tranquila. No se aspira a mucho más en un pueblo y en estos tiempos.

                                »La posguerra fue muy dura, pero terminó. Nuestras familias se conocían de toda la vida. La suya tenía más posibles, sí, con la bodega de su tío, el más ricacho y soltero que le dejó en herencia por ser su sobrino preferido. (Pierde la mirada, que se ilumina y quiere sonreír). ¡Qué bien nos vino! ¡Cuántas envidias levantamos! ¡Qué buenos años de uva, qué buenos tiempos, aunque…! (Se interrumpe, suspira, se pasa la mano por la cara). Los chiquillos no venían. Y claro, era yo, tenía que ser yo. (Se recompone y sonríe abiertamente).

                           »¡Menos mal que llegó mi Charito, mi Charito preciosa! ¡Tan pequeña y tan…! (Se emociona y pierde la voz. Solo se permite un sollozo antes de serenarse de nuevo haciendo un gran esfuerzo). La criaturita debió de saberlo. Dicen que tienen un algo, que en algunos es un don directamente del Cielo para intuir a qué mundo vienen y con quién. Y ella… ella tuvo que verlo, seguro… Si no, ¿cómo iba a marcharse así, tan pronto, y dejarme sin…? (Vuelve a suspirar, a cargar la mirada de dureza para sobreponerse a la emoción).

                              »Una cría… Fue lo que escupió él la primera vez que la vio. No puedo recordar ya si la llegó a coger alguna vez en los pocos meses que vivió el angelito. Y cuando se marchó, sé que él no se alegró, pero aquella indiferencia… Y yo quise confundírsela con entereza. Esa era su forma de sobreponerse. Ya se sabe con los hombres, que han de mantener la cara y las emociones. Pero aun así… (Muestra ansiedad de repente. Se exalta). ¡Y yo sí que enseguida saqué el coraje otra vez! ¡No era culpa mía! ¡Vendrán otros! ¡Más! ¡Serán niños, ya lo verás! ¡Y serán más fuertes, como tú! (Se calma de nuevo). Y pareció que funcionó porque fui la primera en ponerme a buscarlos otra vez. A pesar de aquel hielo.

                                  »Me dediqué con más ganas a mi casa y a atenderlo. Le di todos los caprichos, los que pude y los que no. Y me tuvo cuando quiso y como quiso. Pero… ya no vinieron más. (Otra pausa, otro suspiro, otra mirada perdida).

                               »El tiempo lo cura todo, dicen. Es mentira. No cura nada. Todo sigue aquí dentro. En lo bueno, en lo malo, en la salud y en la enfermedad. Todo mentira. Los hombres se pudren por llagas incomprensibles. Yo… yo me volqué en él. La pena, el dolor… Cambiarlos por atenciones, por cariño. Pues seré solo para ti. Y me tuvo a sus pies, a sus manos y a todo. Pero un día, así, sin más, se transformó en un demonio.

                              »Fue un vaso, un vaso colocado en otro sitio. Y los gritos se oyeron en todo el vecindario. Desde ese momento ya no valí para nada, solo para ponerme en evidencia o avergonzarlo. Para que los demás cuchichearan que éramos un par de infelices tocados por la desgracia. La conmiseración fue mucho más fuerte. Y la mía por él fue el colmo. (Otra pausa. Oscurece la mirada. Sigue).

                                 »No me enfrenté a él, no repliqué a ninguna de sus provocaciones. Si me veía sumisa, se molestaba por mi debilidad y me lo echaba en cara. Y si alguna vez sí pude alzarle la voz, sus gritos me la apagaban. Hasta el día en que me alzó la mano. (Nueva pausa, silencio que se prolonga. Mirada incrédula al suelo).

                             »Una arruga en el pantalón. Eso fue todo. Me cruzó la cara. Y sin embargo, fui capaz de reaccionar. Me voy, dije simplemente. Y lo hice, solo para encontrarme en casa de mi madre y ver su cara de compasión, escándalo y estupor. «Pero hija, tienes que volver. Es tu marido. Eso pasa a veces. Verás como si lo mimas más… Los hombres tienen tantas cosas en la cabeza y…». (Otra pausa. Le tiembla la barbilla, no quiere llorar, pero termina con una lágrima resbalándole por la mejilla).

                              »Mi propia madre… Más ciega que yo, más… (Se recompone, se restriega la cara, recupera la energía). No, estos hijos de perra no me verán ni un rastro de llanto. Ya ha sido demasiado. Lo hecho hecho está y no me arrepiento, ¡no me arrepiento! Y si tengo que pagar por ello, no será con la vida que me van a quitar porque ya no tenía ninguna. (Se dirige hacia el público por primera vez).

                                  »Sí, volví con él. Acepté también mi ceguera, mi anulación. Todo por una esperanza, por creerme capaz de salvar lo insalvable. Porque el mundo, hoy, está hecho así. Hasta hace dos meses. El mundo no es desprecio, no es un muro, ni gritos, ni dominio absoluto. No es solo sangre. Pero la sangre llama a la sangre cuando ya no tiene color y la han vuelto amarga. La sangre te hace enloquecer, pero lo hace más la incomprensión y la sinrazón, cuando ya no puedes entender ni tu propio interior. Y no tienes fuerzas para huir o luchar, ni siquiera para pedir ayuda porque ya no eres nada (toma aliento de nuevo).

                                 »Esa mañana fue su último golpe. El café estaba frío. «Es que es siempre la misma historia, joder… ¡No vales nada, ni has sido nada,  y yo sigo manteniéndote, que dónde coño ibas a ir tú si…!». No oí nada más. Me levanté y simplemente abrí el cajón y vi el cuchillo. Tampoco sentí nada. Solo lo cogí, me giré y, no sé cómo, me puse delante de él. Casi sonrió cuando me vio con él en la mano. No le di tiempo a que pensara porque tampoco pensaba yo. Y como hacía tanto que tenía los ojos tan vacíos, tampoco me importó cerrárselos de un tajo. ¡Qué distintos fueron entonces sus gritos! Pero cesaron enseguida. En cuanto le di otro en la garganta. Se quedó allí, tirado en el suelo, transformado en esa nada. Como yo.

 

Entonces se oye otra vez la puerta. Entran la carcelera, el sacerdote y dos guardias. Rosario apaga la mirada perdida y centelleante y la cambia por otra de severa serenidad. El sacerdote sigue muy afligido y la carcelera tiene cara de resignación. Ambos se quedan en la puerta. Uno de los guardias se acerca circunspecto a la reja.

 

Guardia.—        Rosario Montes García, es la hora.

 

El otro guardia abre la puerta de la celda. Rosario se deja esposar y el sacerdote hace ademán de acercarse, pero ella lo fulmina con la mirada y se dirige a los guardias.

 

Rosario.—           Vámonos.

 

La sujetan de los brazos y salen todos.

 

Julio, 2017

©Mariola Díaz-Cano Arévalo


Comentarios: 1
  • #1

    Sonia (martes, 27 noviembre 2018 16:02)

    Muy duro pero muy buen relato. Mariola mi enhorabuena,por desgracia esta historia se asemeja a tantos maltratos sin sentido