1. DESAPARECIDA

 

De pelo azabache, ojos oscuros con largas pestañas, finas cejas y cuerpo de diosa, Lavinia Lohr esperaba en la puerta del despacho cuando llegué. La archimillonaria por matrimonio señora Lohr era la última mujer de esta vida o de la otra que hubiera imaginado ver ante mí alguna vez. Su marido, el magnate del petróleo Samuel Lohr, había formado parte de la llamada aristocracia de la ciudad, había pasado mucho tiempo viajando y cuando regresaba colmaba de oro tanto como de golpes a aquella fantástica criatura, hecho este último aireado por la prensa pese a que el entorno que los envolvía hubiera querido taparlo.

   Lavinia vestía un elegantísimo traje de chaqueta beige, un tocado de igual color y zapatos de tacón alto, pero con un sencillo vestido y sin maquillar hubiera seguido destilando la misma clase y belleza. Mi inmediata reacción fue aliviarme por estar yo también aceptablemente presentable, sin haberme aflojado todavía el nudo de la corbata. Pero al principio, tras hacerla pasar, me mantuve alerta porque, tras los corteses saludos y mi genuina sorpresa ante su presencia, me dijo sin más que se alegraba de conocerme porque le gustaban los hombres que parecían animales.

        Me desconcertó la aparentemente poca sutileza de aquella observación por parte de una mujer así. En general le han dado muchos calificativos a mi físico, que admito ser digamos que de una evolución primaria en la especie humana pero que al parecer gusta bastante a muchas mujeres. La cuestión es que hay animales y animales. Pensé que Lavinia Lohr quizás estuviera algo trastornada por la mala vida que le había dado su marido, pero tras la muerte repentina de aquel hijo de puta hacía unos años, ella ahora presidía el consejo de administración del imperio Lohr con una destreza que había dejado boquiabiertos a todos.

  Lavinia enseguida matizó que le gustaba pensar que hubiera hombres con las cualidades de muchos animales, como la nobleza, la lealtad o la astucia, y que mis rasgos le recordaban a los de los lobos, sus preferidos: mi pelo grisáceo, mi mirada verdosa y mi ambigua expresión y sonrisa me daban un aire de estar sesteando después de un festín y a la vez acechar a la siguiente víctima incauta que se acercara.

     —No son tan fieros como los pintan y sí fieles a los suyos para siempre. Además, los solitarios aún son más astutos y eficaces en su caza —dijo sonriendo y mostrando unos dientes perfectos—. Y es lógico que un lobo se llame “cazador” —acabó.

   Mi réplica fue otra sonrisa torcida y no apartarme ni un milímetro de aquella boca entreabierta de rojos labios. Los lobos se pueden convertir en corderos ante fauces así, y yo lo hice totalmente hechizado. Pero entonces, el hermosísimo rostro se le transformó en una compungida máscara y Lavinia empezó a temblar de tal modo que tuve que sujetarla por los hombros y ayudarla a sentarse en la silla frente a mi mesa.

    —¡Tiene que encontrarla, por favor! ¡Si le ocurre algo…! ¡Dios mío, ¿dónde estará?, ¿por qué tuvimos que discutir?! ¡Por favor, ayúdeme! —exclamó echándose a llorar desconsoladamente.

    Yo pasé del desconcierto al asombro.

   Sí, normalmente no hay que fiarse de las apariencias. Ni de las de los lobos ni de las de los corderos.

***

     Me llamo Lloyd Hunter y nací en una familia que, por azares del destino (y de la mano que narra esta historia por mí), se dedicó a la profesión de su apellido. Mi padre y mi abuelo fueron cazadores furtivos y luego legales para las empresas madereras que esquilmaron los bosques en los que habíamos vivido siempre. Cuando ya no necesitaron a aquellos paletos montaraces, tuvimos que marcharnos. Los más jóvenes pensamos que conquistaríamos las ciudades y lo que ocurrió en realidad fue que nos atrapó la guerra. Nunca olvidaré a mi madre lamentar que un infierno lejano sedujera a tantos hijos y se los llevara. Nosotros éramos cuatro y yo fui el único de los chicos que regresó. El apellido Hunter de momento no desaparecería, pero estuvo a punto.

  Carentan y Las Ardenas me dejaron la cara un poco más primitiva, una rodilla que ya no funcionaría bien y a muchos amigos destrozados en el fango, además de a mis dos hermanos mayores dentro de cajas metálicas. Y por supuesto la culpa eterna de seguir vivo y haber vuelto entero, una culpa con la que también nos cargaron muchos tras la euforia del triunfo.

    Así que un hijo del bosque con apenas estudios y excombatiente no tiene mucho donde elegir, aunque mis superiores militares quisieron que me quedara en el ejército: mi hoja de servicios estaba llena de menciones por mi innata habilidad de orientación y movimiento en la naturaleza, por muy peligrosa y desconocida que esta fuera, pero también en cualquier lugar donde me pusieran, por no hablar de mi infalible puntería como francotirador. Pero me negué. Había sido suficiente un año poniendo mi grano de arena en la mayor destrucción humana conocida. Volver a casa, al pueblo donde vivían mis padres y mi hermana, estaba descartado, pero decidí que continuaría la tradición de mi sangre y miré hacia las calles, complejo e ilimitado territorio de caza. Las piezas seguirían siendo humanas, pero el matiz de cazarlas es bastante distinto al de hacerlo en una guerra. Además, la retribución por ellas —aunque no tan alta como la de la propia vida— podía ser tan cuantiosa como el cheque lleno de ceros que me tendió Lavinia Lohr sin ni siquiera explicarme el motivo de su visita ni del desconsolado llanto.

   Cuando logré calmarla, fue capaz de contarme todo y terminó con una precisión:

    —La policía dice que habrían de informar a la prensa para pedir la colaboración ciudadana, pero no puedo permitir otro escándalo. Hemos tenido suficientes, ya lo sabrá —me miró fugazmente y yo solo asentí en silencio—. Me han remitido a usted porque lo conocen y su reputación es excelente como detective, en especial por su discreción.

    —No soy detective exactamente, señora Lohr, solo me dedico a buscar a gente. También se lo habrán dicho.

   —Sí, y que ha trabajado con ellos en más de una ocasión con casos difíciles. Pues este lo es.

   —Dice que esa discusión con su hijastra fue muy grave. Puede que siga enfadada y no quiera que la encuentren.

  —¿Tiene usted hijos, señor Hunter? —me preguntó entonces fijándome los ojos tan oscuros. Esbocé media sonrisa.

    —No que yo sepa.

   —Yo tampoco —contestó ella con tristeza detrás de la mirada que sin embargo se iluminó—. Por eso Margot significa mucho más que una hija propia. Se la acepté a mi marido cuando todavía podía aceptarle todo y porque la niña no tenía ninguna culpa de sus excesos ni de que su madre fuera una… cualquiera que acabó como acabó. Entiéndame, no soy una puritana, justamente es lo contrario lo que todos opinan de mí, pero siempre intenté darle a Margot lo que más necesitábamos las dos: un cariño verdadero y unos valores que se alejaran de lo más superficial que pueda usted ver en mí o en nuestro alrededor

     —No tiene que explicarme nada.

   —No, pero quiero que entienda eso sobre todas las cosas. Su padre nos destrozó a ambas, a ella por consentirle todo y a mí por no consentirme nada y anularme. —Calló un instante y sonrió irónicamente—. Es curioso, la prensa más carroñera publicaba la verdad cuando Samuel me maltrataba, pero los titulares siempre serán que fui la ambiciosa advenediza que consiguió lo que quería o la madrastra que malcrió a la indefensa hija huérfana. Si ahora se supiera esto, no descarte que incluso pudieran acusarme de haberla hecho desaparecer, pero solamente yo sé cómo me he desvivido por ella y cuánto la quiero. —Hizo una pausa y me miró con renovada energía—. Conozco sus éxitos, señor Hunter. Dígame que no puede encargarse porque está ocupado con algo más importante y me iré ahora mismo. Pero si acepta, ese cheque habrá sido el primero de todos los que pida. Y si encuentra a Margot, pondrá la cifra final —remató suplicante.

      Suspiré.

   Margot Lohr, la heredera del imperio Lohr, diecinueve años, estrella mundial por una exitosa carrera como actriz infantil y en aquel momento como cantante de blues gracias a una portentosa voz, llevaba desaparecida tres días. Había sido portada en todos los periódicos por su extraordinaria belleza de pelo negro, labios carnosos y piel blanca, sus episodios de rebeldía y sus caprichos. Pero la fama o los genes la habían convertido en una pequeña zorra insufrible. Y la mujer que aguardaba mi respuesta, verdaderamente preocupada por ella, me ofrecía lo que fuera por encontrarla. Extraño. ¿Pero cuántas madres desnaturalizadas hay y cuántas mujeres no tienen hijos por cualquier razón y se vuelcan en los ajenos con más amor y dedicación que los de la sangre?

   Mi último trabajo había sido dar con un traidor a las Tríadas que buscaba también la policía. Avisé a ambas partes cuando lo encontré. En caso de traidores, maltratadores, proxenetas, violadores o psicópatas, procuro que se enteren todos. Las Tríadas en particular eliminan la escoria sin contemplaciones y la policía en general siempre puede ponerse del lado de la ley para aplicar justicia. En caso de jovencitas golfas pero importantes que desaparecen, el asunto varía mucho y más con madrastras que cambian los cuentos.

    —De acuerdo —respondí devolviéndole el cheque—, pero ya me lo dará, aunque le advierto: no sé leer tantos ceros.

     Lavinia me sonrió sinceramente agradecida.

***

 


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