2. CHICAGO

 

Las siete de la mañana. Así solamente llamaba… Abrí la puerta adormilado. Exacto. Dos soldados, un saludo formal. Habló el más serio.

    —¿Sargento Lloyd Hunter?

   No me llamaban sargento desde la guerra. Un pestañeo rápido, a ver si se me abrían los ojos. La piedra parlante entendió un asentimiento y al instante me entregaba un sobre.

    —Buenos días, señores. Hoy no esperaba visitas a estas horas y menos del ejército. ¿Quieren pasar? —Fieles a su naturaleza, los minerales no se movieron, así que abrí el sobre. Una escueta nota, el nombre de un buen amigo, la firma de Werner. Me espabilé—. ¿Me dan unos minutos?

   En quince cruzábamos la ciudad y en treinta me paraba tras uno de los soldados frente al despacho de Frederick Werner, comandante de las fuerzas aéreas y, antes, capitán de la compañía Silverwings, de la 24ª división aerotransportada. La mía. Cuando le dieron permiso el soldado me anunció y se retiró. Yo entré para quedarme frente a Werner y otro mando al que no conocía.

   —Hola, Stick. Mucho tiempo… —dijo Werner con la voz arenosa de siempre.

    —Sí, bastante. ¿Cómo está, señor?

  —Ya ves, sigo sentado —respondió dando un par de fuertes golpes con las manos en los brazos de la silla de ruedas—. Tienes cara de sueño. La vida de civil es dura, ¿verdad?

     —Un poco.

     —Pero has venido sin dudar.

    Asentí en silencio y me acerqué para darle la mano que Werner me estrechó con la mirada cargada de las mismas imágenes. Después, se dirigió al hombre que estaba con él.

    —Albert, este es el sargento mayor Lloyd "Stick" Hunter, bueno, ahora solamente el señor Hunter. Stick, el coronel Albert Thompson. —Nos saludamos y Werner nos señaló unas sillas—. Siéntense para evitarme la lesión de cuello, que ya tengo bastante con las piernas partidas.

    Una secretaria trajo café que agradecí mucho. Luego Werner se colocó tras su mesa y me puso una carpeta delante.

    —Bien, iré al grano, Stick. Al capitán Baxter se lo ha tragado la tierra. —Y antes de que yo pudiera replicar nada, añadió—: No, ya sabes que ni la policía militar ni nadie más puede buscarlo. Solo podía acordarme de ti porque sabes cómo funcionamos, aparte de que eres su amigo. Gastos y honorarios corren de nuestra cuenta, y también tienes carta blanca. La cuestión es encontrar a Baxter y hay un primer viaje a la Ciudad del Viento. Ya leerás el informe. Ahora quisiéramos que empezases cuanto antes.

  Werner sabía que yo no iba a negarme, por eso me había contactado. Se trataba de Miles Baxter. Ninguno de los doce hombres a los que nos salvó la vida, entre ellos Werner, nos hubiéramos negado a sacarlo de algún problema. Solo que quedábamos él y yo. El comandante me terminó el pensamiento en voz alta:

       —Yo estaría ya allí si no fuera por esta jodida silla.

       —¿Qué tengo que hacer si lo encuentro?

       —Cuando lo encuentres —matizó Werner—, lo traes aquí.

       Yo también quise matizar.

       —Nunca hay garantías totales.

       —Entonces no te hubiésemos llamado ni habrías venido, Stick.

      El coronel Thompson, mudo testigo de aquel diálogo, también mantuvo el silencio en que nos quedamos Werner y yo durante unos instantes.

        —Debo arreglar algunas cosas —comenté.

        Werner esbozó media sonrisa.

       —Te escoltarán los chicos de antes y te llevarán al primer tren de esta tarde.

      —No. No quiero a nadie detrás, ni en el viaje, ni en ninguna parte. Y sabe que los veré si me los ponen.

        Werner abrió la sonrisa asintiendo.

       —Me alegra verte, Lloyd —respondió ya solamente con un brillo muy especial en los ojos. Se lo devolví.

       —Lo mismo digo, señor.

 ***


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