4. LA SANGRE DE LAS HADAS

Este relato está dedicado a mis amigas y compañeras de colegio, con mención especial para María Mateos, milanesa de adopción y mi segundo "hermano" en la infancia. Gracias por revisarme mi penoso italiano.

 

 PRIMERA PARTE

            —Il lupo

            —La fata Morgana

            Mostró una sonrisa que su rostro amoratado convirtió en una mueca deformada. Reprimí la emoción y la furia por verla así. Habían pasado ocho años.

            —Non ti mouvere, ti prego —dije cuando quiso incorporarse.

            —Sto bene, tranquillo, ma... no tengo el aspecto de un hada.

            —Tu sei sempre bella.

            —Non ti credo, ma è difficile trovare un lupo buono come te.

            —También es difícil que siga hablando en italiano.

            —Pues lo recuerdas muy bien.

        Otra sonrisa. Dejé de ver el apósito en su cuello, las rozaduras en sus manos, su pelo castaño revuelto. Seguía siendo preciosa y meciéndose dulcemente entre el exquisito acento británico del inglés paterno y la expresiva entonación del italiano materno.

            —¿De verdad eres amigo de ese policía?

            —Bastante.

            —Qué casualidad entonces.

            —Y suerte, porque llegué ayer.

            —Por favor, siéntate. —Me indicó el borde la cama, pero negué.

           —Debes descansar. Él ya te ha estado preguntando y a mí me han dejado entrar solamente porque tú lo has pedido.

            —También me ha dicho que te hirieron hace poco. Mi dispiace...

            —Yo siento mucho más esto.

         Entonces se oyeron unos golpecitos en la puerta, que se abrió despacio. Se asomó una joven y enseguida se colaba una pequeña figura que, sin reparar en mí, fue directa hacia la cama. Era una niña de unos seis años, rubia y de ojos tan profundamente verdes como los de quien la miraron con ternura, y sin contener las lágrimas cogió el brazo que se extendió hacia ella.

            —Mamma, mamma!

            —È tutto a posto, tesoro. Non piangere.

            Entonces la niña me vio y se sorprendió para susurrar cautelosa:

            —Chi è? Sembra un lupo

           —Ma non avere paura, non è pericoloso. —Entonces su madre se dirigió a mí—. Lloyd, esta es mi hija Anna. Anna, saluda a mi amigo el señor Lloyd Hunter.

            —Ah, certo! Un lupo cacciatore! Mi scusi… Hola, ¿cómo está usted?

           —Ciao, Anna, come stai? Encantado de conocerte. —Me incliné y le di la mano, pero procuré no acentuar demasiado mi sonrisa. Lo último que quería era asustar a hijas de hadas que embrujaban igual.

       1955 se había ido dejándome un agujero nuevo en el cuerpo y 1956 empezaba agrandándome el primero que me había alcanzado de lleno el corazón. Quien me lo hizo fue aquella reina de Avalon. Antes, en otras camas de hospital militar, nos hechizó a cuantos recibimos sus cuidados porque su belleza y sus maneras nos curaban todo. Yo, además, tuve la fortuna de poseerla.

            —Me alegro mucho de verte, Lloyd —dijo desplegando otra vez toda su magia.

            —Anche io, Morgan —respondí, otra vez hipnotizado.

 

***

            —Ya me dirás de qué conoces a esa maravilla. —Phil Tucker borró la media sonrisa ante mi cara—. Bien, antes te cuento lo que ha pasado, aunque que conste que iba a hacerlo, pero como has llegado corriendo y…

            —Al grano, Phil.

            —Sí, pero de camino a comisaría. Mi jefe quiere verte. Me parece que vamos a necesitar tus servicios.

            —No me jodas…

            —Te aseguro que pedírtelos le va a joder más a él —dijo socarrón—, pero ocurre que tu amiga es la cuarta víctima en apenas dos semanas y la única que ha sobrevivido. Llevamos unos días de locura y ya sabes el pánico que cunde cuando hay más uniformes en la calle y la prensa sensacionalista saca colmillos más afilados que ese cabrón que las ha atacado. Escuchas y vuelves. Además, aquí está ese agente. —Señaló al circunspecto joven que se paseaba por el pasillo y que saludó muy formal.

            Resoplé y me giré hacia la chica que había dejado entrar a la pequeña Anna. Parecía preocupada pero tranquila y me sonrió amable cuando me acerqué.

            —Perdone, soy…

            —Lo sé. Morgan me ha hablado de usted, señor Hunter. Soy Lucy, hija de Albert Maxwell.

            Le devolví la sonrisa y saqué una de las tarjetas de Tucker.

            —No tardaré, pero con la más mínima novedad, avíseme aquí.

 

***

 


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