5. MAGIA NEGRA

La niña ni lloró ni pareció incómoda cuando le echaron el agua sobre la cabeza. Al contrario. Se removió un poco en mis brazos y compuso una media sonrisa desdentada que se nos contagió.

—Yo te bautizo, Elizabeth Sue, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén —pronunció a la vez el sacerdote. Después la secó suavemente con un lienzo, sonrió y nos retiramos un poco mientras terminó el ritual.

Yo me estrenaba en una responsabilidad que no esperaba y que consideré demasiado importante.

—¿Quién mejor que tú para aparecer si un día tiene problemas como su padre? —me había dicho Miles Baxter un par de semanas antes cuando me llamó por teléfono—. Y ya los ha tenido para venir a este mundo.

—No me hagas esto. Dime que me invitas al bautizo y yo voy encantado, pero no me…

—¿De verdad es un no? A Rachel le darás un disgusto.

—No me chantajees, por favor. Tengo dos sobrinos y ya me han dado que hacer. Son suficientes.

—Pero no tienes un ahijado, bueno, una ahijada que nació el mismo día que a ti te pegaban un tiro. Eso significa algo, ¿no?

—Eso significa los líos en los que me suelo meter, tú lo sabes mejor que bien.

—Entonces me dices que no… Bien, ahora se lo cuento a Rachel. No pasa nada. Pero te esperamos.

Y allí estaba. Cuando Rachel me recibió con aquella sonrisa, su abrazo y su voz de miel dándome las gracias, fue imposible resistirme más. ¿Cómo hacerlo después de todo lo que había pasado para traer al mundo a esa niña? Pero es que también estaba el comandante Frederick Werner, en primera fila, con uniforme de gala y acompañado de su elegante esposa. Me saludó con gesto muy circunspecto y tono muy directo.

—¿Es cierto eso, Stick? ¿Te ibas a negar a apadrinar a esa criatura?

—¿Usted también, señor? Por cierto, me alegro de verlo.

—¿Yo qué, sargento? ¿Qué te parece, Janice? Me sobreviven solo estos dos de aquellos pobres muchachos con los que se quedaron mis piernas también, se me siguen metiendo en problemas de los que al final los tengo que sacar yo y, luego, para una alegría como esta, se acobardan.

—Está usted hablando en plural, señor.

—Pues sí, porque Baxter también está ahí temblando como una hoja y eso que ya no es tan muchacho y tiene un hijo.

—Frederick, cómo eres… —intervino su mujer tocándole el brazo—. Lo han pasado muy mal con la niña. Y también Rachel. Fíjate lo que han tardado en recuperarse y poder bautizarla. Lo sabía usted, ¿verdad, señor Hunter?

Yo asentí y la saludé. Werner no amagó:

—Por eso lo digo precisamente. Que han superado esos malos momentos y ahora parece que tienen miedo de celebrarlo. Así que hazme el favor y cuádrate ahora mismo ahí delante, Stick.

—¿Y si no qué? ¿Me arresta?

—No lo descartes. Me debéis una todavía.

—Eso es verdad.

—Pues basta ya de tonterías. Ah, y yo también me alegro de verte.

***