CHICAGO

 

Las siete de la mañana. Así solamente llamaba… Abrí la puerta adormilado. Exacto. Dos soldados, un saludo formal. Habló el más serio.

    —¿Sargento Lloyd Hunter?

   No me llamaban sargento desde la guerra. Un pestañeo rápido, a ver si se me abrían los ojos. La piedra parlante entendió un asentimiento y al instante me entregaba un sobre.

    —Buenos días, señores. Hoy no esperaba visitas a estas horas y menos del ejército. ¿Quieren pasar? —Fieles a su naturaleza, los minerales no se movieron, así que abrí el sobre. Una escueta nota, el nombre de un buen amigo, la firma de Werner. Me espabilé—. ¿Me dan unos minutos?

   En quince cruzábamos la ciudad y en treinta me paraba tras uno de los soldados frente al despacho de Frederick Werner, comandante de las fuerzas aéreas y, antes, capitán de la compañía Silverwings, de la 24ª división aerotransportada. La mía. Cuando le dieron permiso el soldado me anunció y se retiró. Yo entré para quedarme frente a Werner y otro mando al que no conocía.

   —Hola, Stick. Mucho tiempo… —dijo Werner con la voz arenosa de siempre.

    —Sí, bastante. ¿Cómo está, señor?

  —Ya ves, sigo sentado —respondió dando un par de fuertes golpes con las manos en los brazos de la silla de ruedas—. Tienes cara de sueño. La vida de civil es dura, ¿verdad?

     —Un poco.

     —Pero has venido sin dudar.

    Asentí en silencio y me acerqué para darle la mano que Werner me estrechó con la mirada cargada de las mismas imágenes. Después, se dirigió al hombre que estaba con él.

    —Albert, este es el sargento mayor Lloyd "Stick" Hunter, bueno, ahora solamente el señor Hunter. Stick, el coronel Albert Thompson. —Nos saludamos y Werner nos señaló unas sillas—. Siéntense para evitarme la lesión de cuello, que ya tengo bastante con las piernas partidas.

    Una secretaria trajo café que agradecí mucho. Luego Werner se colocó tras su mesa y me puso una carpeta delante.

    —Bien, iré al grano, Stick. Al capitán Baxter se lo ha tragado la tierra. —Y antes de que yo pudiera replicar nada, añadió—: No, ya sabes que ni la policía militar ni nadie más puede buscarlo. Solo podía acordarme de ti porque sabes cómo funcionamos, aparte de que eres su amigo. Gastos y honorarios corren de nuestra cuenta, y también tienes carta blanca. La cuestión es encontrar a Baxter y hay un primer viaje a la Ciudad del Viento. Ya leerás el informe. Ahora quisiéramos que empezases cuanto antes.

  Werner sabía que yo no iba a negarme, por eso me había contactado. Se trataba de Miles Baxter. Ninguno de los doce hombres a los que nos salvó la vida, entre ellos Werner, nos hubiéramos negado a sacarlo de algún problema. Solo que quedábamos él y yo. El comandante me terminó el pensamiento en voz alta:

       —Yo estaría ya allí si no fuera por esta jodida silla.

       —¿Qué tengo que hacer si lo encuentro?

       —Cuando lo encuentres —matizó Werner—, lo traes aquí.

       Yo también quise matizar.

       —Nunca hay garantías totales.

       —Entonces no te hubiésemos llamado ni habrías venido, Stick.

      El coronel Thompson, mudo testigo de aquel diálogo, también mantuvo el silencio en que nos quedamos Werner y yo durante unos instantes.

        —Debo arreglar algunas cosas —comenté.

        Werner esbozó media sonrisa.

       —Te escoltarán los chicos de antes y te llevarán al primer tren de esta tarde.

      —No. No quiero a nadie detrás, ni en el viaje, ni en ninguna parte. Y sabe que los veré si me los ponen.

        Werner abrió la sonrisa asintiendo.

       —Me alegra verte, Lloyd —respondió ya solamente con un brillo muy especial en los ojos. Se lo devolví.

       —Lo mismo digo, señor.

 ***

        —¿A quién conoces en Chicago?

        —¿Por qué? —Tras el turno de noche Tucker siempre era breve.

        —Tú dime alguien que también pregunte lo justo.

        Un bostezo.

        —¿A qué vas en diciembre a esa nevera? ¿No será a tomar el aire?

        —Lo justo, Phil.

         Otro bostezo.

       —Dime al menos si es importante porque hay quien me debe más favores.

          —Mucho. Y tu colega solo será para que te avise a ti.

          —Suenas serio. ¿Estás seguro de que no puedo saber más?

          —Inteligencia militar. ¿Suficiente?

          Esta vez un resoplido.

          —De sobra. Vaya, imagino que ahí saben mi nombre. —Medio bostezo—. Qué estupidez he dicho… Bueno, pues ten cuidado.

           —El colega, Tucker.

           —Joder, sí. Apunta.

             ***

    Primera clase. Buen comienzo. Una maleta con lo imprescindible y mi abrigo más caliente. No vi niñeras. Carta blanca.

    Siempre fui el único en poder desaparecer sin dar explicaciones. A cambio, encontraban los caminos y senderos marcados y despejados, las casas vacías y los escondites seguros. El resto del tiempo mi misión era proteger al oficial de radio Miles Baxter. Todos los radios solían llevar un escolta pero Baxter necesitaba dos, sobre todo por el trastorno que padecía y había ocultado para ir al frente, ya que el alto mando seguramente se lo habría prohibido y lo habría destinado y blindado en Inteligencia, como así fue después. «Pero no soy más especial que cualquiera y quería venir a ayudar», había confesado el desgarbado muchacho de apenas veinte años —era el más joven— después de sobrevivir al salto en el viento infernal de aquella madrugada sobre Normandía.

   Todos nos habíamos asombrado, más de lo que estábamos ya por vernos en combate real, y Werner había querido mandarlo de vuelta inmediatamente alegando no solo poder perderlo, sino que también requeriría una seguridad extra que no podíamos permitirnos. Pero Baxter, con su físico aniñado pero una determinación, permanente buen ánimo y valentía admirables, suplicó quedarse. Su don podría ser muy valioso para la información de posiciones y estrategia propia y enemiga. Podríamos ser una avanzadilla de referencia. También en el fondo de sus ojos castaños podía leerse un reflejo de que ese don quizás era más una condena de la que no le importaría deshacerse de cualquier manera. Sufría de hipermnesia, y efectivamente creímos que no debía de ser fácil recordar cada minuto de tu existencia desde los cinco años sin poder borrarlo, y menos con la indescriptible tensión de estar entre la vida y la muerte en aquellos momentos.

   Así que, tras sopesarlo, Werner nos eligió a los dos mejores tiradores para ser su sombra, y cuando yo desaparecía para abrir paso, me reemplazaba otro compañero. Después, las coordenadas que mi orientación señalaba en los mapas quedaban registradas automáticamente en su cabeza, al igual que las que les descubríamos a los boches o cualquier otro dato reseñable o no. De modo que acabamos siendo buenos amigos. Pero antes de Las Ardenas Werner no quiso arriesgar más y envió a Baxter a casa. El chico ya había servido con creces a la causa y también nos había salvado la vida en una ocasión gracias a un detalle ínfimo.

   Fue en una pequeña población abandonada donde aparentemente se había dispersado una patrulla alemana que retrocedía a sus líneas tras descubrirnos. Yo había constatado primeramente aquella dispersión y tomamos una vivienda derruida para pasar la noche. Pero debieron de prever nuestro movimiento. Al amanecer Baxter nos detuvo cuando íbamos a salir: el extremo de un murete de piedra alrededor de la casa enfrente presentaba una disposición distinta a la que recordaba tras el vistazo dado la tarde anterior. Werner nos mandó al tejado y vimos que nos rodeaban para cazarnos con granadas en aquella ratonera. Así que, apostados allí, Harry Blane y yo, los mejores tiradores, batimos nuestro récord personal de infalibilidad en apenas cinco minutos y todos pudimos salir.

   Además, mientras Miles Baxter estuvo con nosotros no tuvimos ninguna baja y decidimos que su extraordinario trastorno fue un talismán cuando, tras marcharse, sí empezamos a caer. A Las Ardenas solo llegamos Harry, el teniente Leeman, el capitán Werner y yo, que tras perder allí a mis hermanos también volví a casa. Ahora hacía cuatro años que Harry y Leeman se quedaron en Corea. Así que no había podido negarme a buscar a Miles, no solo por aquella deuda de vida, sino por la amistad. Y quizás también por la superstición.

   Chicago se convertía ya en un congelador con los primeros fríos. El gran incendio que la destruyó casi totalmente el siglo anterior propició la reconstrucción de la ciudad con aquel laberinto de calles abiertas al inmenso Michigan. Así que los vientos del Ártico podían bajar tranquilamente desde Canadá, soplar con toda libertad y permitir bonitos inviernos de 30º bajo cero. Menos mal que me gusta tanto el frío.

   Miles trabajaba en desencriptación documental que ahora se mezclaba con la caza de brujas que el senador McCarthy había emprendido contra el comunismo. Y aunque desde el año anterior McCarthy había perdido influencia y prestigio, el Comité para Actividades Antiamericanas seguía activo y tras la pista de elementos subversivos en el ejército. Por lo que leí en el informe durante el viaje, Miles habría accedido a datos clasificados por error o habría descubierto a algún topo que también hubiera sabido de él y habría querido quitarlo del medio, u ofrecerle otra salida al conocer su habilidad.

    No pensé en traición. Miles trabajaba para el ejército no solo por el buen sueldo, sino porque le gustaba y tenía asegurada también la protección de su familia. Por muy oscuros que hubieran sido esos años con tanta paranoia, en el otro lado no andaban mejor. ¿Para qué jugar a espías? No, Miles no daba el tipo.

   Alquilé un coche y busqué un motel cerca del domicilio de Baxter, en el tranquilo barrio residencial de Oak Park, alejado de la academia militar Phoenix, donde trabajaba Miles en un ambiente perfecto en el que estudiantes y personal civil lo tenían como archivero.

     No nos veíamos desde la guerra, pero habíamos mantenido el contacto. Nada más regresar del frente se había casado con una novia que tenía desde la infancia y de la que habló con absoluta adoración cada noche que pasamos de guardia. Después, siempre la refería en sus cartas o llamadas, así que yo casi podía decir que la conocía del mismo tiempo que a él aunque no fuera así. Ella había sido la última en verlo. Cuando a la mañana siguiente me abrió la puerta, supe que yo ya tampoco podría olvidarla.

   Rachel Baxter era una de esas criaturas que demuestran la existencia de Dios. Muchas mujeres te hacen perder la cabeza, Rachel simplemente te enamoraba al instante. Pero no era por su abrumadora belleza de ojos de miel almendrados, piel de alabastro y pelo dorado, sino por la extraordinaria luz en su expresión y una sonrisa capaz de iluminársela más. La voz cristalina terminó de paralizarme y envidié profundamente a Miles por poder recordar cada instante con ella.

     —Oh, usted es Lloyd Hunter, ¿verdad? Miles habla de vosotros desde la guerra.

     Vaya…

     —Pues sí, pero tutéame, por favor. Yo también creo que te conozco, Rachel.

     —Pasa, por favor. Sabía que vendrías.

   Me condujo a un salón muy acogedor al tiempo que, de la cocina en el lado opuesto, salía una mujer mayor con un niño de unos cinco años cogido de su mano.

    —Hija, ya iba yo. Sabes que no debes moverte mucho —se quejó.

    —Tengo que hacerlo un poco, mamá. Mira, es el amigo que Miles dijo que si alguna vez… —Rachel enseguida miró al niño y sonrió—. Billy, saluda al señor Hunter. Mamá, ¿puedes traer un poco de té?

  El niño me observó curioso antes de echarme la mano y saludarme muy formal. Yo le respondí con la misma seriedad. Era una pequeña copia de Miles y solo entonces me di cuenta del abultado vientre de Rachel. Enseguida quise que volviera donde estaba pero ella también me hizo sentarme. Su madre se llevó al niño y regresó con el té.

   —Lamento conocerte en estas circunstancias —dije sinceramente.

   —Yo también. —Rachel mostró angustia por primera vez.

   —Pues no perdamos tiempo. Cuéntame bien todo.

  Miles se marchó hacía dos días por la mañana, como siempre. Ninguna preocupación por nada más que el estado de Rachel, pero del trabajo no solía hablar y si hubiera ocurrido algo, probablemente no la habría querido preocupar tampoco. A veces iba a Washington personalmente pero siempre se lo anunciaba, y en alguna ocasión el coronel Thompson, su superior, también se había presentado de incógnito, como él mismo me había dicho. En cuanto a compañeros u otras amistades, Miles era muy familiar, apenas salían, y menos desde que ella se había quedado embarazada del segundo hijo. Así que no tenían mucha relación con nadie en general. Y la vecindad era muy discreta.

  —Suele venir una chica para quedarse con Bill cuando hemos salido alguna noche, pero ahora mi madre lleva aquí estos dos últimos meses porque tengo que guardar reposo. A este ya casi no lo esperábamos. —Rachel bajó los ojos y se tocó el vientre sonriendo pero entristeciéndose enseguida—. Sé que el trabajo de Miles es muy importante pero él nunca había tenido problemas, está muy controlado, pero esa mañana no llegó a la academia y el coche no ha aparecido. Por eso llamé al coronel Thompson, el único a quien debía avisar si ocurría algo. Nadie más se ha puesto en contacto para nada.

   —Bueno, pues he venido para ver si encontramos a Miles.

   Logró sonreír.

  —Antes he dicho que hablaba mucho de vosotros, pero de ti lo hacía en especial porque le habías salvado la vida en varias ocasiones.

   —Tantas como él a nosotros.

  —Sí, pero tú siempre estabas al lado, aunque también te conocían como el Fantasma o Stick, ¿verdad?, porque podías permanecer inmóvil durante horas, como pegado a lo que fuera.

   —Así es. Mira, volveré esta tarde y seguiremos hablando. Os han pinchado el teléfono y estáis bien vigilados, así que debes continuar tranquila.

   —¿Dónde te alojas? Puedes quedarte aquí. Miles lo querría.

   —Gracias, pero tengo que convertirme otra vez en un fantasma —le guiñé un ojo.

     —Entonces ven a cenar, por favor.

     —Te avisaré —concedí.

   Insistió en acompañarme a la puerta y al salir vimos cruzarse desde la casa de enfrente a una bonita muchacha de largo pelo rizado y ojos claros. Tendría veintitantos años y sonrió cuando llegó hasta nosotros. Entonces, sin entenderla, me sorprendí por la intensa percepción de alerta que sentí cuando la chica me miró antes de dirigirse a Rachel.

   —Hola, señora Baxter. Quería decirle que, aunque sé que ahora está su madre, si me necesitaran para cualquier cosa, no duden en llamarme. ¿Sigue el señor Baxter de viaje?

    —Gracias, Lilian, lo haré. Y sí, mi marido sigue fuera pero volverá en unos días.

    —Pues ya sabe, lo que sea. —Y se marchó no sin antes volver a mirarme.

    —El coronel Thompson me recomendó hablar de un viaje —siseó Rachel.

    —Sí, es la mejor excusa. —Seguí con la vista en la muchacha que se alejaba calle abajo—. Una chica encantadora —añadí.

    —Es Lilian Colman, la canguro de Bill. Son una familia muy agradable. Ella es estudiante y un día nos vio con el niño y se ofreció para cuidarlo y sacarse algún dinero.

   —¿Y llevan mucho tiempo en el barrio?

   —Pues sí. Eh, es muy guapa, ¿verdad? —Rachel me miró divertida y agradecí que confundiera así mi curiosidad.

   —Mucho... Vaya, ¡qué vas a pensar ahora de mí! —Y sonreí también.

           

 ***

    —Lilian Colman. Anota los datos.

    —Ya te has buscado quien te quite el frío, ¿eh?

    Tucker y la sutileza.

    —Habla con tu colega y que te pase todo lo que tenga. Te llamaré a las seis.

 

 ***

    Ya no me concentré ni cuando hablé con el director de la academia ni con el personal del archivo: solo sabían que Miles no llegó esa mañana. Tampoco ninguno me pareció sospechoso o con un particular interés por él. Me dejaron inspeccionar su despacho donde todo estaba muy ordenado y los documentos a la vista no tenían nada de especial. Si Miles había descubierto algo, aunque su memoria fotográfica lo recordara todo, se había llevado las pruebas o no las había guardado allí. Y sin destapar lo ocurrido era imposible preguntar a estudiantes o vecindad de la academia por si hubieran sido testigos de algún hecho anormal ese día.

   No logré quitarme de encima la extraña sensación experimentada con aquella muchacha. Pensé que el terrible caso Lohr me había dejado secuelas y ya desconfiaría siempre de cualquier jovencita o sus miradas, pero estaba seguro de que se había acercado para ver quién era yo, como si estuviera pendiente de los Baxter, más allá de un amable gesto vecinal. A las seis menos cinco telefoneé a Tucker.

   Los Colman eran del medio oeste. El padre era ingeniero industrial y la madre ama de casa, Lilian era la hija pequeña, matriculada en segundo curso de Historia con una beca por sus excelentes calificaciones, y había un hermano mayor, un teniente de Infantería que, al parecer, seguía en Europa desde la guerra. Inmediatamente llamé a Werner, al que localicé en su casa.

     Le sorprendió mi pálpito y aún más el dato. Teniente Donald C. Colman. ¿En Europa? ¿Pero dónde? Información confidencial. «Dame media hora, Stick. Hablo con Thompson y…». Lo detuve, solo era una intuición y podía equivocarme. Que sí, que se enterara de quién era Colman y a lo que se dedicaba, pero él personalmente, sin comentarlo con nadie, yo lo volvería llamar al día siguiente por la tarde. Después avisé a Rachel pero regresé antes. La casualidad quiso que Lilian apareciera caminando en aquel momento y aproveché una esquina para torcer por la calle paralela, a la que daba la parte de atrás de la casa de los Colman. Estuve observando durante un tiempo pero no ocurrió nada, y a las siete me dejaba ver en el porche de la casa de Miles. También se hizo notar un helador vendaval.

   Fue una velada agradable pese a todo y envidié aún más a Miles por aquella vida familiar. «Solo es proponérselo», Rachel me había hecho un guiño después de acostar a Billy. Sí, y más con una mujer como ella, pero eso, naturalmente, no lo dije. Sí le pedí echar una ojeada a los papeles que Miles pudiera guardar y ella me indicó los cajones de un mueble, pero tampoco había nada. Después me despedí, no quería cansarla más. Le insistí en que siguiera tranquila. No le había comentado mi inexplicable sospecha sobre Lilian Colman, pero ahora existía la conexión entre Miles y Donald Colman como militares, aunque no tenía por qué significar nada más que una mera casualidad. Si le hubiese preguntado, la habría preocupado más y a su estado no le convenía más tensión. Al irme, la ventisca era más fuerte.

  Quise dar una última vuelta por la manzana conduciendo despacio y entonces vi salir un coche del garaje de los Colman. Distinguí una silueta alta y corpulenta al volante: ¿el padre? ¿Pero dónde iba a aquella hora y con un tiempo que empeoraba por minutos? No dudé.

  Mantuve la distancia por el poco tráfico pero no lo perdí y terminamos llegando al lago. Entonces se metió en uno de los numerosos muelles que había, el de Belmont. Había muchos pantalanes y alrededor se alineaban almacenes y edificios con locales de suministros náuticos en especial. La iluminación era escasa y dejé más distancia además de apagar las luces para evitar que me viera. Entonces paró al lado de una nave. Hice lo mismo cincuenta metros más atrás y, al apearme del coche, el intenso frío me cortó la cara.

   Me pegué cuanto pude a los edificios y vi que la figura corpulenta era un hombre que renqueaba al andar. Enseguida se metía en el almacén. Pero cuando encontré otra entrada, también me encontraron a mí. El oído me falló con aquel viento glacial.

    —Levanta las manos muy despacio y no intentes nada —dijo una voz por detrás al tiempo que noté el cañón de un arma en la espalda. Obedecí sin vacilar y aunque lamenté no llevar mi 38, me consoló relativamente que no me hubiera fallado la intuición de algo oscuro—. Ahora camina.

    Cuando entramos analicé mejor la situación. Aquello quizás no iba con Miles y me metía en otro lío sin querer. Volví a lamentarme. Quien me apuntaba me empujó hacia un extremo de la nave, un almacén de lanchas y cascos de veleros con los aparejos abatidos, inmovilizados allí durante el invierno. Luego nos deteníamos frente a la puerta de un despacho acristalado y persianas bajadas.

       —¡Don, tenemos un fisgón!

       Don. Volví a animarme.

     Se oyó una imprecación y pasos descompensados. Abrió el hombre que acababa de llegar. Era tan alto como yo, con el pelo cortado al estilo militar y los ojos castaños de Lilian pero unos diez años mayor. Tenía el pie izquierdo torcido hacia dentro y la cara cruzada de marcas de metralla, lo que le daba un aspecto amenazador pero no mucho más que el mío. Decidí adelantarme sin rodeos.

      —Me llamo Lloyd Hunter y soy amigo del capitán Miles Baxter, vecino de su familia y que ha desaparecido. Lo estoy buscando. Creo que usted es el teniente Donald Colman. He conocido a su hermana Lilian. No soy policía, pero sí fui soldado y aprendí a distinguir cómo pueden mirarte, por eso he pensado que quizás ella supiera o hubiera visto algo que me ayudase a encontrar a mi amigo. Ahora ha coincidido que me marchaba de casa de mi amigo y lo he visto salir a usted. Comprendo que debería haberle preguntado sobre él antes de seguirlo, así que lamento profundamente mi error que espero subsanar de algún modo. —El final no sonó muy convincente pero, al menos, el hombre tardó unos segundos en reaccionar ante mi tranquilidad.

   Lo siguiente fue dejar de notar el cañón del arma al mismo tiempo que mi consciencia tras el golpe en la nuca. Cuando me recuperé no podía ver nada, pero era por la completa oscuridad alrededor. Estaba tendido boca abajo en el suelo y, al querer moverme, me quejé por el dolor de cabeza.

     —¿Estás bien? ¿Quién eres?—siseó entonces una voz a mi derecha.

     —Un idiota —mascullé.

    Un silencio momentáneo antes de que la voz temblase un poco al volver a hablar en un tono más alto:

      —No es posible… ¿Stick? ¿Eres tú, Lloyd?

    Me despejé al instante. Así que no me había equivocado. Pero no sabía si alegrarme o lamentarme todavía más.

      —¿Miles? Sí, soy Lloyd. ¿Cómo estás? ¿Estás herido?

    —No, estoy bien y ahora mucho mejor. Sigues apareciendo en los peores momentos.

      —Ya ves, las malas costumbres.

      —Y Werner, ¿verdad?

      —Sí, y Werner. ¡Maldita sea! —La cabeza me estallaba.

      —Recupérate, por favor. Siento mucho que te hayan golpeado.

   Entonces noté un brazo tocándome. Inmediatamente se lo estrechaba también.

     —Vaya, me alegro de verte aunque no te vea. Gracias por…

     —Nada aún, amigo.

    Entonces se abrió la puerta y una luz nos deslumbró. Una descomunal mole nos apuntó con una linterna y un revólver.

      —Arriba, señores.

    Nos levantamos como pudimos y medio ciegos. Miles tenía buen aspecto, solo estaba un poco demacrado y con la barba descuidada de dos días, y me sonrió con confianza. El matón nos condujo hacia el despacho acristalado y nos hizo pasar. Detrás de una mesa al lado de un archivador se sentaba Donald Colman, que nos indicó dos destartaladas sillas. Para nuestra sorpresa permaneció unos minutos callado y mirándonos alternativamente. Después solo dijo:

      —Quiénes son y por qué tengo que eliminarlos.

     Miré a Miles y él asintió. No me dejé ni una coma sobre nuestra historia presente, pero omití el dato de la memoria de Miles. A continuación, nos contó la suya.

 

 ***

   Acierto completo: la manzana podrida y el topo en uno, pero Donald Colman solo era una herramienta.

   El teniente Colman, mención honorífica al valor por su acción en Bélgica y Polonia, donde sufrió la herida del pie, había regresado a Polonia. Motivos personales tan importantes como que se había casado con una colaboracionista de los aliados. En principio, aquello no significaba nada más, pero sus superiores, suspicaces cuando las cosas empezaron a torcerse con el mando de los soviéticos sobre Polonia, lo quisieron trasladar. Él insistió en que podría ser más útil allí, los convenció y pasó a Inteligencia. ¿Espionaje? No exactamente. Asesor militar para el ejército polaco, aunque ahora lo controlaran los rusos. Pero sucedió lo inevitable: los recelos hacia él y su esposa se intensificaron conforme lo hacían las relaciones entre ambos países, y los mandamases pidieron pruebas de lealtad con todo aquel personal ambiguo.

   Colman aceptó esa prueba en forma de encargo que no existía: tráfico de armas sacadas de arsenales en lugares también inexistentes y para unidades especiales sin nombre. Mucho riesgo, pero retribuido con cifras astronómicas. Y ese número tan alto fue lo que encontró Miles fortuitamente entre una lista de relación de pagos a supuestos proveedores de piezas mecánicas: un error cometido por otro en el proceso de transmisión a las inexistentes manos a las que tenía que llegar el dato.

   Miles informó a Thompson inmediatamente. Thompson descubría que una maldita casualidad conectaba a las piezas de su bien compuesto plan de control legal de información y manejos ilegales: una simple cuestión de vecindad. Solo dos días más tarde, y nada más salir hacia el trabajo, Miles tenía un inoportuno pinchazo en una esquina por la que apareció una oportuna grúa. Un pinchazo feo, no es molestia acercarlo al taller, lo reparamos en un instante y usted avisa a su trabajo; además, su rueda de repuesto está floja también, podría jugarle otra mala pasada. La prevención desarrollada en tanto tiempo. Muchas gracias, pero no quiero causarles retraso. Al momento, lo encañonaban disimuladamente y después el silencio y la oscuridad. Ninguna respuesta que ahora sí teníamos los tres y que nos alarmó más a Miles y a mí: Werner podía estar en peligro, pero si Colman nos estaba contando aquello... Siguió:

    —Los soviéticos interceptaron el último cargamento y uno de mis hombres cantó. Conseguí arreglarlo todo y vine hace una semana para explicarlo personalmente e informar de que era más seguro relevarme. Thompson se negó: se tendrían que abortar las operaciones en curso y paralizar los enlaces internacionales, las pérdidas serían catastróficas. Entonces coincide que hace tres días a usted —señaló a Miles— le llega el dato por error de algún incompetente enlace de fronteras y mi nombre vuelve a salir, así que Thompson ya tiene la excusa para dejármelo claro porque evidentemente tiene también las espaldas cubiertas. Eso y la maldita casualidad de ser vecinos. La misma protección asignada a su familia también vigila a la mía, y a mi hermana ya le dieron un susto. Seguramente por eso ha recelado de usted —me miró y luego señaló de nuevo a Miles—. Así que si usted desaparece, Thompson destruye esa documentación y todo se queda limpio. Pero imagino que no he podido evitar pensar en una encerrona común y por eso lo he retenido. Supongo que Thompson no contó con que hubiera más gente interesada en su paradero y que actuara rápidamente.

      —Pues sí —dije—, y esa gente también es muy importante, me envió a mí y sabe su nombre. El problema es que Thompson lo sabe todo de todos.

       —Lo lamento, pero no tengo pruebas contra él, así que si ese contacto no es igual de poderoso, se la ha jugado.

       —Lo es. ¡Déjenos avisarlo! —le conminó Miles, visceral.

       —No, muy arriesgado.

       —Al contrario —comenté yo—. Podríamos cazar a Thompson si decimos que efectivamente hemos desaparecido. Ganamos tiempo y...

    Pasos rápidos y disparos. La mole cayó, abatida, y apenas nos habíamos tirado al suelo cuando un comando de cuatro hombres con el rostro cubierto irrumpía en el cuarto. Fuerzas especiales, de esas que no existían. No pudimos reaccionar porque al instante nos habían tapado la boca y amarrado los brazos a la espalda. Thompson actuaba. Werner, que se enteraba de la desaparición de Miles por el cauce personal y me llamaba, los conectaba a ambos y ponía en guardia a Thompson, así que este se decidía y apenas había dejado pasar dos días.

   El viento helado era aguanieve cuando nos sacaron fuera. Todo seguía silencioso pero ahora había un furgón negro en la parte trasera de la nave. Nos subieron a él y en un minuto nos volvían a bajar. Nos habían llevado al pantalán más cercano a la bocana, donde se amarraba una lancha sin luces que se puso en marcha sin apenas ruido. No supimos cuánto navegamos lago adentro, solo oímos otra lancha. Debían de haber estado fondeando, y a saber de dónde habían venido. Lo vimos mal y aún peor cuando nos detuvimos y nos subieron a cubierta. Las rachas de viento zarandeaban la embarcación. Solo se distinguían las mínimas luces de posición y las muy lejanas de la ciudad.

     Por primera vez en mi vida tuve miedo de verdad, porque en combate, al menos, había tenido un arma en las manos. También me invadió la rabia, pero era inútil intentar nada. O sea, que los Hunter acababan cazados como conejos. Ni siquiera podía ver los ojos de un amigo, ni él los míos, como mínimo gesto de consuelo o despedida, de compartir aquella mala suerte injusta; y lo lamenté mucho por todo. Al menos tampoco veríamos esa arma que nos mataría. Maldita sea, una ejecución...

     Más ráfagas de viento que se mezclaron con las de disparos. Ahora cesarían aquellas cuchillas heladas, pero en cambio, se desplomaban de espaldas quienes nos habían acercado los fusiles a la cara. La otra lancha se abarloaba y se encendían potentes focos y linternas, saltaban cinco hombres, caras descubiertas. Uno nos iluminó.

      —¡Nos envía el comandante Werner! ¿Se encuentran bien?

 

©Mariola Díaz-Cano Arévalo 


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