LA SANGRE DE LAS HADAS

Este relato está dedicado a mis amigas y compañeras de colegio, con mención especial para María Mateos, milanesa de adopción y mi segundo "hermano" en la infancia. Gracias por revisarme mi penoso italiano.

 

 PRIMERA PARTE

            —Il lupo

            —La fata Morgana

            Mostró una sonrisa que su rostro amoratado convirtió en una mueca deformada. Reprimí la emoción y la furia por verla así. Habían pasado ocho años.

            —Non ti mouvere, ti prego —dije cuando quiso incorporarse.

            —Sto bene, tranquillo, ma... no tengo el aspecto de un hada.

            —Tu sei sempre bella.

            —Non ti credo, ma è difficile trovare un lupo buono come te.

            —También es difícil que siga hablando en italiano.

            —Pues lo recuerdas muy bien.

        Otra sonrisa. Dejé de ver el apósito en su cuello, las rozaduras en sus manos, su pelo castaño revuelto. Seguía siendo preciosa y meciéndose dulcemente entre el exquisito acento británico del inglés paterno y la expresiva entonación del italiano materno.

            —¿De verdad eres amigo de ese policía?

            —Bastante.

            —Qué casualidad entonces.

            —Y suerte, porque llegué ayer.

            —Por favor, siéntate. —Me indicó el borde la cama, pero negué.

           —Debes descansar. Él ya te ha estado preguntando y a mí me han dejado entrar solamente porque tú lo has pedido.

            —También me ha dicho que te hirieron hace poco. Mi dispiace...

            —Yo siento mucho más esto.

         Entonces se oyeron unos golpecitos en la puerta, que se abrió despacio. Se asomó una joven y enseguida se colaba una pequeña figura que, sin reparar en mí, fue directa hacia la cama. Era una niña de unos seis años, rubia y de ojos tan profundamente verdes como los de quien la miraron con ternura, y sin contener las lágrimas cogió el brazo que se extendió hacia ella.

            —Mamma, mamma!

            —È tutto a posto, tesoro. Non piangere.

            Entonces la niña me vio y se sorprendió para susurrar cautelosa:

            —Chi è? Sembra un lupo

           —Ma non avere paura, non è pericoloso. —Entonces su madre se dirigió a mí—. Lloyd, esta es mi hija Anna. Anna, saluda a mi amigo el señor Lloyd Hunter.

            —Ah, certo! Un lupo cacciatore! Mi scusi… Hola, ¿cómo está usted?

           —Ciao, Anna, come stai? Encantado de conocerte. —Me incliné y le di la mano, pero procuré no acentuar demasiado mi sonrisa. Lo último que quería era asustar a hijas de hadas que embrujaban igual.

       1955 se había ido dejándome un agujero nuevo en el cuerpo y 1956 empezaba agrandándome el primero que me había alcanzado de lleno el corazón. Quien me lo hizo fue aquella reina de Avalon. Antes, en otras camas de hospital militar, nos hechizó a cuantos recibimos sus cuidados porque su belleza y sus maneras nos curaban todo. Yo, además, tuve la fortuna de poseerla.

            —Me alegro mucho de verte, Lloyd —dijo desplegando otra vez toda su magia.

            —Anche io, Morgan —respondí, otra vez hipnotizado.

 

***

            —Ya me dirás de qué conoces a esa maravilla. —Phil Tucker borró la media sonrisa ante mi cara—. Bien, antes te cuento lo que ha pasado, aunque que conste que iba a hacerlo, pero como has llegado corriendo y…

            —Al grano, Phil.

          —Sí, pero de camino a comisaría. Mi jefe quiere verte. Me parece que vamos a necesitar tus servicios.

            —No me jodas…

        —Te aseguro que pedírtelos le va a joder más a él —dijo socarrón—, pero ocurre que tu amiga es la cuarta víctima en apenas dos semanas y la única que ha sobrevivido. Llevamos unos días de locura y ya sabes el pánico que cunde cuando hay más uniformes en la calle y la prensa sensacionalista saca colmillos más afilados que ese cabrón que las ha atacado. Escuchas y vuelves. Además, aquí está ese agente. —Señaló al circunspecto joven que se paseaba por el pasillo y que saludó muy formal.

            Resoplé y me giré hacia la chica que había dejado entrar a la pequeña Anna. Parecía preocupada pero tranquila, y me sonrió amable cuando me acerqué.

            —Perdone, soy…

            —Lo sé. Morgan me ha hablado de usted, señor Hunter. Soy Lucy, hija de Albert Maxwell.

            Le devolví la sonrisa y saqué una de las tarjetas de Tucker.

            —No tardaré, pero con la más mínima novedad, avíseme aquí.

 

***

El capitán de Homicidios Sean Carmichael me era tan antipático como yo a él, pero nos tolerábamos por una misma razón: los casos especiales cuya resolución podía beneficiarnos a todos. A ellos, por mi trabajo que les ahorraba personal; a mí, porque me compensaban derivándome potenciales clientes con pedigrí que buscaban máxima discreción, el último, Lavinia Lohr, a quien recordé como en un sueño. Pero esa ensoñación había sido siempre el hechizo de Morgan Violet Rochester sobre mí desde que la conocí. También por eso ni oí el saludo en forma de gruñido de Carmichael cuando entré en su despacho detrás de Tucker, ni vi el gesto de comadreja del teniente Calvin Trass, su mano derecha, que solía acompañarlo hasta para mear mientras le soplaba sobre cualquiera que él considerara que no seguía los procedimientos de actuación supuestamente adecuados.

Carmichael me indicó una silla al otro lado de su mesa, llena de carpetas y periódicos de llamativos titulares, y esbozó una sonrisa torcida.

—Bien, Hunter, siempre encuentra usted algún lío donde sea, pero ya veo que está recuperado y ha pasado unas largas vacaciones en familia. Casi le hemos echado de menos por aquí.

—¿Qué quiere?

—De acuerdo. Era un asunto personal y me alegro sinceramente de que su sobrina y usted estén bien.

—Gracias, pero antes de que siga, debo avisarle de que este también es un asunto personal y actuaré según mi criterio. Solo he venido a informarle.

—Sí, sabemos que conoce a la última víctima, pero por eso mismo lo hemos llamado, para que no se pase en lo personal como hizo en el caso de su sobrina. La oficina del sheriff en un pueblo perdido no es el departamento de policía de esta ciudad para ir imponiendo criterios.

—Entonces ya nos lo hemos dicho todo. —Y me puse de pie.

—Espere, por favor. Dejémonos de tonterías. Siéntese. —Lo hice por Tucker. Carmichael suspiró—. Este caso es insólito ¡y estos imbéciles están arreglándolo! —exclamó cogiendo y agitando un periódico cuyo titular era "¡Toque de queda en Cambridge por el vampiro asesino!"—. Ese cabrón es un psicópata o un loco. Afortunadamente su amiga ha sobrevivido y sus datos nos ayudarán, porque el alcalde ya estaba amenazando con pedir cabezas. No hay nada en común entre las víctimas, salvo que son mujeres, y el criminal está actuando en diversas partes de la ciudad. Pero llenar las calles de agentes no funciona. Así que ahora vamos a desaparecer como él. Y ahí es donde debe colaborar usted.

—¿Debo? Carmichael, colaboro con ustedes, pero no por obligación.

—También se mueve peligrosamente por el borde de la ley.

—Que nunca he incumplido.

—Pero interpreta a su modo.

—Sin incumplirla —reiteré y levanté una mano para zanjar aquel diálogo inútil—. Le digo que este caso es personal. Estoy de acuerdo en que desaparezcan y contengan a la prensa con la información justa. Como ya se ha filtrado que la víctima ha sobrevivido —no evité mirar fugazmente al hierático Trass—, lo que podría ponerla en peligro de nuevo si ese cabrón está loco o quiere acabar el trabajo, espero que se pueda mantener oculta su identidad. Y por supuesto no permitiré que se convierta en un cebo, por si ya se les había ocurrido. Yo me ocuparé de su protección.

—¿Va a actuar por su cuenta sin más equipo de apoyo? —murmuró Trass.

—No debería adelantarse a nada sin que lo sepamos —apostilló Carmichael.

—Informaré puntualmente al teniente Tucker. Si doy con esa alimaña, procuraré cazarla viva y entregársela, pero si tengo que matar, no dudaré. Ya saben lo más importante. Y ahora dejemos de perder tiempo. —Me levanté, pero Carmichael quiso sentenciar:

—Hunter, un solo paso en falso y yo mismo lo encerraré y tiraré la llave.

 

***

Fui a casa por si necesitaba algo más para lo que había pensado. Pero no: refrigerador lleno, comodidad suficiente y, sobre todo, que yo vivía en Revere, un barrio apartado con el océano al lado.

Había llegado el día anterior después de la convalecencia en Midtown. La alargué por Navidad y Año Nuevo, por descansar de los frenéticos últimos meses y estar con mi familia. Y claro, regresé con pereza en un viaje más tranquilo que el de ida y con intención de no pasarme por el despacho hasta final de semana. Pero Tucker llamaba esa tarde.

«Es inglesa y se aloja con los Maxwell, ya sabes, la familia del famoso profesor universitario de la que por lo visto es amiga. Ha venido a un congreso internacional de enfermería y volvía de la primera jornada al anochecer. Pero lo sorprendente es que ha mencionado tu nombre cuando le hemos preguntado si conocía a más gente aquí».

Yo había colgado y volado al hospital.

Todavía no me había enterado bien de la psicosis desatada por los violentos ataques a tres mujeres a las que alguien había golpeado y matado a causa de lo que los forenses describieron, aparte de estrangulamiento, como heridas en el cuello por un fiero mordisco. Un increíble destino había puesto a Morgan en aquellos sangrientos sucesos. Decidí llevar a cabo mi plan con o sin el acuerdo de los Maxwell y antes de volver al hospital me pasé por su lujosa casa de estilo victoriano en el distrito de Cambridge. El ataque a Morgan había ocurrido en un callejón entre la alta verja del extenso jardín y el edificio colindante, un sitio lo bastante escondido como para que alguien hubiese visto u oído nada, más en una zona residencial como aquella que, aunque no hubiera sido muy tarde, al anochecer aún estaría más desierta.

Albert Maxwell, profesor en Harvard, viudo y con tres hijos, era una autoridad nacional en Literatura Inglesa del siglo XIX. Y a su nivel, pero en Europa y experto en el Medievo, estaba su colega Arthur Rochester. Se habían conocido en el 43, cuando Rochester se había trasladado desde Inglaterra para intentar una nueva vida tras quedar viudo también. Morgan decía que su padre, de nombre y apellido tan literarios y románticos, solo podía ser cómo y lo que era. Pero primero fue corresponsal de prensa en la Gran Guerra, viajó por Europa y recaló en Italia, donde se quedó un tiempo en Milán al ser herido y conocer en el hospital a una bellísima enfermera llamada Marietta. En seis meses se casaba con ella y la llevaba a Inglaterra, donde consiguió un puesto de profesor en la universidad de Londres y ella dejaba su trabajo para criar a la única hija que tuvieron. Y un hombre llamado Arthur y nacido en Glastonbury no dudó en bautizarla como Morgan y coronarla como hada reina de su Avalon particular.

Así que la niña heredó dos idiomas, el amor por la lectura y las manos curativas de su madre. Años después también siguió sus pasos y era enfermera junto a ella en Londres durante una segunda guerra mundial, pero la perdía por unas fiebres infecciosas. El padre, devastado, decidía cruzar el Atlántico y establecerse con la hija en Nueva Inglaterra, naturalmente. Y muchos soldados heridos que volvían, sobre todo mutilados o con problemas de movilidad, hacían escala allí en Boston para recuperarse antes de regresar a sus hogares. En otra coincidencia del destino uno de aquellos soldados fui yo, que aunque solo con una rodilla destrozada y la cara salpicada de marcas de metralla, necesité unas semanas para andar otra vez antes de marcharme a casa un poco más tarde que los ataúdes de mis hermanos.

El primer día que vi a Morgan olvidé la tristeza por ellos, la guerra, la rodilla e incluso mi cara. El segundo, olvidé el mundo al escucharla contar historias. El tercero, nos habíamos enamorado todos, particularmente los de sangre italiana. El cuarto, ninguno queríamos irnos, y el quinto, no podía creer que aquella maga viese mi cara pero me mirara como lo hacía. Cuando me marché, caminaba con un bastón en la mano, las suyas por mi cuerpo y las de los demás queriendo matarme de cien maneras. Cuando me despidió la besé seguro de que si había sobrevivido había sido solo por conocerla y tardar apenas un año en volver para querer tenerla ya siempre cerca. Los siguientes dieciocho meses fueron los mejores de mi vida, hasta que su padre quiso regresar a Inglaterra y ella, que lo adoraba y era su única familia, lo acompañó. Yo acepté que también fuese él el único que me la quitara y simplemente me despedí con un «aquí estaré», incapaz de reprocharle nada.

De vuelta al hospital el agente me dijo que Lucy Maxwell se había marchado ya con Anna y el médico acababa de entrar a ver a Morgan. Cuando salió, me identifiqué y le pedí permiso para quedarme con ella, pero me dijo que no era necesario. Morgan se había torcido levemente un tobillo, tenía abrasiones en brazos y piernas y la herida en el cuello afortunadamente había sido superficial porque ella se había defendido; pero la mantenían en observación por los golpes en la cara y la cabeza. Estaba asustada pero tranquila, y que fuese enfermera ayudaba mucho. Yo le pedí al médico que le preguntara y después me dejaba entrar.

Morgan estaba mejor.

—Ver a Anna me ha animado mucho —dijo—. Y tú. Pero no tienes que quedarte. Todo el mundo ha querido hacerlo y les he dicho que no.

—Yo no soy todo el mundo.

—Eso es verdad —sonrió.

Entonces sí me acerqué para sentarme en la cama. Ella me cogió la mano entrelazándome los dedos y apretándolos, pero me mostré firme en no caer fulminado.

—¿Y tu padre? —pregunté.

—Le he suplicado a Albert que no lo llame. Estoy bien.

—¡Pero si han podido matarte!

—No te enfades, por favor. Tú no… —Bajó los ojos—. Sé que debería haber tomado un taxi, pero hacía tan buena noche y la boca de metro está cerca. Todo estaba tranquilo.

—Escucha, ahora me voy a quedar quieras o no, y después os vendréis conmigo.

—No, Lloyd, eso…

—Eso tampoco voy a discutirlo.

Parla il lupo cattivo?

—Sí, el peor.

Se rio y yo también tuve que hacerlo para aliviar la tensión.

—¿Y puedo pedirte otro favor?

—Prueba.

—Albert y Lucy están siendo maravillosos, y con lo que ha pasado y cómo se han ocupado de Anna… Pero tienen que trabajar y simplemente te pido que mañana vayas a buscarla. Le he hablado de ti. Me ha costado encontrar un cuento con lobos buenos, pero al final he recordado a Akela y, bueno, ya la tienes en la manada.

Asentí, pero entonces se puso muy seria.

—¿Qué? —Me alarmé.

—Es una sensación solamente y por eso no le dije nada a tu amigo policía. No pude ver a ese hombre porque apareció de la nada y por detrás. Tampoco habló, pero desde luego era muy fuerte y me golpeó para aturdirme y arrastrarme por el callejón, donde me tiró al suelo. No pude ni gritar.

—No es necesario que me cuentes nada. He leído el informe —la interrumpí.

—Espera. Déjame recordar. Creo que iba embozado o con sombrero, y llevaba guantes, pero pude agarrarle las muñecas y el tacto de la piel era rugoso, como de quemaduras cicatrizadas. Fue cuando quiso morderme, pero al sentirle ya los dientes en el cuello, le arañé y él aflojó la presión. Entonces pataleé como me enseñaste una vez y pude girarme un poco, pero de pronto él me soltó y huyó corriendo.

—¿Pudiste verlo entonces?

—No, y, por suerte, pude llegar por mi propio pie y enseguida Albert llamó a la policía y me trajo aquí. Pero con lo que me quedé fue con esas marcas, su comportamiento y reacciones. Quizás sea un loco, pero también podría sufrir porfiria.

—¿Porfiria? ¿Esa no es la enfermedad de…?

—De los vampiros, sí, así se la conoce —dijo—. Es rara y suele ser hereditaria, pero puede producir hipersensibilidad a la luz que causa esos daños en la piel, y también trastornos de personalidad según el tipo, o si hay factores externos como abuso de alcohol. Hay un tipo especialmente grave donde los daños cutáneos pueden deformar terriblemente los rasgos faciales. Si ese hombre la padece, podría haberse trastornado mucho, pero ya te digo que son solo impresiones. —Entonces suavizó la expresión para medio bromear—. Sabes también que los vampiros se llevan mal con los hombres lobo.

—Ya, pero los vampiros también se convierten en lobos, ¿no? —La imité—. Venga, será mejor que te duermas ya. Voy a telefonear a mi amigo. —Me quise levantar, pero Morgan no me soltó.

—No avises a mi padre, por favor.

—Debería saberlo.

—Yo lo haré. De verdad. —Asentí y ella apartó la mirada—. Quería llamarte después del congreso. Es el primer viaje de Anna y…

Entonces se le humedecieron los ojos, me cogió la mano con las suyas y noté su temblor antes de inclinarme para abrazarla y verme con la cara hundida entre su pelo y el cuello herido que tantas veces le había besado. El mismo olor y suavidad, mi mismo deseo. Volver a verla era lo último que hubiese imaginado. Hablé para no asfixiarme:

—Tranquila… Siente el miedo, es bueno. Y lo que me enseñaste tú a mí es que solo existe el momento, y ahora el momento es este.

—Debí haberte llamado antes, pero temía que no quisieras verme ni…

—Te dije que estaría aquí y aquí sigo.

Se apartó y me miró llorosa.

—Perdóname, Lloyd. Sé el daño que te hice al marcharme y aún lo he lamentado más después.

—Morgan, el momento es lo que importa.

Entonces sus labios me callaron y me rendí a aquel suave beso que le devolví multiplicado en la cara y la frente. Después seguí abrazándola hasta que la sentí relajarse. El cansancio, la tensión y la medicación terminaron venciéndola y se dejaba echar para quedarse profundamente dormida. Yo ardía y, al levantarme, las piernas me temblaron igual que el corazón y salí con paso vacilante, le pedí al agente que no se moviera de la puerta y fui a llamar a Tucker. Después, me marché y conduje por los lugares donde habían matado a las otras mujeres: dos eran también callejones y casas con patios traseros y uno estaba cerca de un parque que permitía una huida rápida. Dos horas más tarde regresaba al hospital y mandaba al agente a casa bajo mi responsabilidad. El incómodo sillón junto a Morgan me pareció el Paraíso.

 

***

Me desperté al amanecer. Morgan dormía y la hinchazón de su cara había disminuido. Me quedé mirándola. El tiempo suele tamizar la efervescencia de la juventud, su ímpetu y creencia de que el amor es eterno. En aquel instante no había tiempo porque yo siempre había querido pararlo cuando la miraba. Con veinticinco años lo había creído cada vez que estuve entre sus brazos, sus pechos y sus piernas. Ahora me dolió demasiado contemplarlos tan lejos y tan cerca de nuevo, pero supe que, ocurriese lo que ocurriese, querría volver a detenerlo.

Entonces mi estómago se quejó. Estaba hambriento, aunque me sentía descansado. Salí. Debía de tener un aspecto deplorable porque el agente de guardia, que había llegado ya, me miró compasivo. Desayuné en una cafetería frente al hospital y luego fui a casa para darme una ducha, afeitarme y cambiarme de ropa. Más tarde aparcaba frente a la verja de la casa de los Maxwell y me sorprendió que me abriera el propio Albert Maxwell, pero me sorprendió más ver a Anna que, sentada en una silla del vestíbulo, se levantaba y venía casi corriendo para ponerse a mi lado con el gesto inquieto.

—Vaya, esta señorita estaba muy impaciente —sonrió cordialmente Albert Maxwell. Era alto, de pelo entrecano, rostro alargado y ojos muy azules y brillantes. Mediaba los sesenta y derrochaba clase y atractivo que le intensificaban sus muy caros zapatos negros y elegante traje marrón de tweed. Me estrechó una mano firme—. El señor Hunter, ¿verdad? No sabíamos que Morgan tuviera aquí un amigo tan bueno como nos ha dicho que es usted. Es terrible lo que ha sucedido. Por favor, entre.

—Buenos días. Ciao, Anna. Gracias, pero no quisiera entretenerle. —Di dos pasos y él cerró la puerta.

—En absoluto. Mis clases son más tarde y a mis alumnos no les importará si me retraso. —Se rio y aún sonó más encantador, pero a la vez Anna me cogía la mano sin decir nada.

—Aun así probablemente Morgan nos esté esperando ya.

—¿Cómo está? ¿La ha visto?

—Sí. Ha pasado buena noche.

—Bien. Seguro que enseguida podrá salir.

—A propósito de eso, ya le he dicho a ella que quiero que se vengan conmigo.

—Oh, ¿por qué? —El encanto se le esfumó.

—Por favor, tómelo como una medida de seguridad. Por supuesto que aquí…

En ese momento se oyeron unos crujidos muy por encima de nosotros, como pasos por un suelo de madera. Anna me apretó la mano y Maxwell recuperó la sonrisa mirando también hacia arriba.

—Esta casa necesita un buen arreglo que quiero hacer en primavera. Desde 1897 ya ha pasado tiempo, así que han venido a echarle un vistazo. Pero dígame, ¿Morgan quiere marcharse con usted? Este es un barrio tranquilo y tienen toda la seguridad. Los policías que vinieron lo comprobaron. No podría abusar de sus servicios de vigilancia exclusivamente, claro, pero pagaré la seguridad privada necesaria —dijo aquello mirándome fijamente. Yo sonreí pero no con los ojos.

—No lo dudo, pero se trata de discreción. La prensa sabe que Morgan sobrevivió, aunque no su identidad, pero han publicado fotografías del lugar del ataque y podrían enterarse de todo en cualquier momento, y Morgan volvería a estar en peligro. Alejarla solo significa precaución. En cuanto a mí, además de buen amigo, colaboro con la policía. Puede consultarles.

—No me convence mucho, la verdad. Preferiría que nos lo confirmase ella, ya que además se empeña en no avisar a su padre.

—Lo sé, pero por supuesto pregúntele. Y ahora, si me disculpa, nos marchamos ya.

Y sin darle tiempo a más, abrí la puerta haciendo salir a Anna. Nada más arrancar el coche, la niña me miró:

—Mi madre dice que eres como Akela.

—No, él es más sabio y valiente. —Sonreí.

—Pues sí pareces valiente.

—Muchas gracias.

—¿Y alguna vez has tenido sueños sin estar dormido?

La miré brevemente y seguí viendo inquietud.

—Creo que no. ¿Por qué?

—Es que yo he tenido uno y no estaba dormida. No, no estaba… —reiteró compungida.

 

***

Morgan miraba por el ventanal apoyada en una muleta. Anna se abrazó a ella con más emoción que el día anterior y yo fui claro:

—Bien, si te encuentras con fuerzas, nos vamos.

—¿Por qué? Tesoro, ¿qué ha pasado?

Anna se había mantenido serena antes al contármelo, pero ahora no evitó unas lágrimas más de alivio por que yo la había creído que de temor. Morgan la calmó sentándola en su regazo y abrazándola. Yo aproveché para llamar a Tucker, que aparecía veinte minutos después.

Anna se había acostado pronto la noche anterior tras cenar muy poco, aunque Morgan le había pedido que comiese y continuara obedeciendo a Lucy y Albert. Seguía muy asustada y estar sola en esa enorme habitación que compartía con su madre en aquella casa tan grande aún la había atemorizado más. Lucy era muy simpática y se había quedado con ella para asegurarse de que se dormía en esas dos noches. La primera, Anna había caído rendida por el miedo y el llanto, pero esa segunda noche la despertaron unos pasos por el pasillo. Sería Lucy, o el señor Albert, y por eso volvió a cerrar los ojos. También estaba cansada, pero haber pasado la tarde con su madre y saber que tenía más amigos la habían tranquilizado. Entonces oyó que abrían la puerta muy despacio, pensó que Lucy quería comprobar si se había dormido y asomó un poco la cara por encima de la sábana. Entró una rendija de luz y también una figura sigilosa que no era Lucy.

Anna sabía que en la casa trabajaban una cocinera y un jardinero, pero no vivían allí. También había conocido a Madeline, la hermana pequeña de Lucy, que había venido el día que llegaron para saludar a su madre, pero Madeline no vivía allí tampoco. La figura se quedó parada un momento y Anna distinguió entonces que llevaba algo que le ocultaba parte de la cara, como una bufanda o un pañuelo grande, y decididamente era un hombre, pero no el señor Albert. Cerró los ojos cuando la figura se giró hacia ella, y luego sintió que se acercaba despacio hasta los pies de la cama, donde se detuvo otra vez. Anna pudo oírle la respiración y supo que la estaba observando. Permaneció inmóvil y la figura siguió observándola unos segundos más, luego se movió igual de silenciosa para marcharse. Anna ni siquiera oyó cerrarse la puerta y no se atrevió a moverse hasta que la tensión la venció. Por la mañana se levantaba muy temprano, pero no quiso decir nada cuando Albert le preguntó por la cara tan seria que tenía.

—No sé. Los niños son muy impresionables. Quizás vio una sombra o la imaginó —dudó Tucker cuando salimos fuera tras escucharla.

—¿Y coincidir en la descripción con su madre si ella no le había contado ningún detalle así? Ni siquiera os lo había contado a vosotros. Y me han mentido muchas veces mejor que Maxwell hace un rato —dije.

—Entonces…

—Entonces tenemos dos opciones: o ese tipo huyó pero se escondió para saber qué pasaba con Morgan y ver que en realidad iba a aquella casa, con lo cual se encontró con la suerte de localizarla, o tiene que ver con los Maxwell. Y siento que eso me parezca lo más probable, aunque no sé de qué manera.

—Si es así, habría que estar muy seguros. Maxwell es un pez muy gordo en los círculos académicos de medio país y sabes que Carmichael está esperando ese paso en falso.

—¿Qué tenéis de él?

—Nada, ni una multa de tráfico, y el resto de la información es pública, al menos en su profesión.

—Yo no sé mucho más, pero hablaré con Morgan, y también de los otros casos. Quizás pueda ver algo que no se nos ocurre.

Entonces Tucker recuperó su tono socarrón.

—Sí, ver sí que parece haber visto cosas ocultas de ti, o no tan ocultas, más que nada porque te estás comportando como un…

—Ya lo sé.

—O sea, que ¿hablamos de lejanos y reencontrados asuntos de entrepierna o es que en realidad somos unos sentimentales?

—¿Tú qué crees?

—Me parece que los dos porque no me has mandado a la mierda todavía. Vaya, vaya… Y deduzco también que debiste de pasarlo tan bien como mal por esos ojos verdes.

—Por eso es evidente por qué tú eres poli y yo no.

—Vale. Ya me callo.

***

Morgan habló por teléfono con Albert. No pudo pensar que existiera la posibilidad de que aquel intruso tuviera que ver con él o su familia, pero había creído a Anna y se había asustado tanto que no dudó en alegar la mentira —o media verdad— sobre una nueva pista descubierta que daba más razón a su traslado conmigo. Esa misma tarde, y aunque con cierto desacuerdo, el médico la dejaba marcharse. Morgan podía andar despacio, sujeta a mi brazo y con Anna de la otra mano. Las ayudé a subir al coche y fuimos a casa de los Maxwell.

Albert estaba disgustado, pero Lucy, más comprensiva aunque también con menos amabilidad, lo entendió y pronto tuvo dispuesto el equipaje que metí en el maletero. Morgan se disculpó muy abatida, les reiteró su confianza en mí y les aseguró que la policía estaba detrás de aquel movimiento. Albert lo había comprobado al hablar directamente con el capitán Carmichael. Este, informado por Tucker, por una vez y aunque nada conforme con que ahora una niña hubiera visto un fantasma, decidió seguir dando carrete, ya que no había habido más ataques. Pero también porque pensamos que vio unos titulares mucho más impactantes y beneficiosos para él si el supuesto vampiro resultaba ser alguien de renombre.

Cuando llegamos a mi apartamento ya había anochecido. Las instalé en mi habitación, donde la cama era lo suficientemente grande para las dos. El cuarto de baño estaba dentro, así que también sería más cómodo para ellas. Yo tenía de sobra con el sofá cama del salón que había comprado cuando me mudé allí y por mis sobrinos, que, con la interminable playa de Revere a un paso, habían disfrutado mucho en sus visitas. Después salí para traer comida italiana de Cecchini’s y comprobaba también que Tucker había enviado al agente del hospital para darse una vuelta.

No pude recordar la última vez que me había sentido como esa noche. Comimos, hablamos, reímos y olvidamos. También desaparecieron vampiros, fantasmas, sombras y oscuridad, dolor o recuerdos, y únicamente existieron las dos hechiceras. Las mandé a dormir pronto, pero antes hice prometer a Morgan que llamaría a su padre al día siguiente. Al quedarme solo, me desplomé en el sofá y quise permitirme un whisky. No sé en qué momento Morgan me despertó y pensé, como Anna, que estaba soñando con los ojos abiertos, sobre todo cuando se sentó sobre mis piernas y me tocó la cara.

Grazie mille.

Perchè?

Per te.

Parpadeé y negué al tiempo que le rodeaba la cintura con el brazo como tantas veces y le notaba un ligero nerviosismo, pero quizás era el mío propio. Ella me pasó los dedos por el pelo casi rapado al que me había acostumbrado desde que fui soldado.

—Lo tienes más gris.

—Me he hecho mayor.

—Yo también.

—No, estás en mi casa y soy yo el que dice quién se ha hecho mayor.

Se rio ante mi ceño fruncido y me encantó oírla.

—A Anna le has gustado.

—A mí también me gusta ella.

—Sigues igual de tranquilo y callado, y todavía eres más discreto. No me has preguntado por su padre o…

—Tú la adoras. Y si te tengo sentada encima, no necesito ni quiero saber más. Y tú tampoco me has preguntado a mí.

—Bueno, veo este apartamento cerca del mar, tu orden, cómo te sigues ocupando de todo. Y sabes estar solo. Parece que todavía no la has encontrado, pero se lo pones muy fácil a una chica.

—Pues ahora mismo es a mí a quien se lo están poniendo más que fácil.

Se volvió a reír.

—Sí, pero por eso me has traído, para mostrarme que también lo sigues controlando sin problemas, y más con este camisón de mamma y esta bata de franela.

Pero ese camisón y esa bata olían a su cuerpo.

—Sin problemas es mucho decir.

—No, aunque no lo creas, eres tú quien se está apiadando de mí. —Y sin perder la sonrisa, se deslizó para quedarse sentada de lado y flexionar las piernas sobre mis muslos. Llevaba un vendaje comprensivo en el pie izquierdo y yo le estiré la bata para taparle los dos.—. ¿Ves?, con lo que se me ha pegado de Anna ahora me tratas como a ella.

—Te aseguro que no, pero si además de lo que ha pasado, te acatarras, los gritos del rey Arthur se oirán desde el otro lado del charco.

—Non ti preoccupare. Los gritos me los dará a mí.

—Eso sí que no me lo creo.

—Sí, es cierto, nunca me ha levantado la voz. Quizás debiera haberlo hecho. —Entonces se quedó callada un momento, me cogió el brazo y me apoyó la cabeza en el hombro—. Me casé demasiado pronto, pero lo respetó porque él era el último que podía juzgar la precipitación y supongo también porque siempre me ha dejado equivocarme para que me diese cuenta de los errores. Pero creo que no imaginó, ni yo tampoco, que ese sería tan grande. También supongo que eso nunca se puede imaginar.

—Morgan, no tienes que…

Me apretó el brazo.

—Sí, estar en Boston otra vez, las mujeres que han matado y la suerte que tengo en realidad… He estado pensando mucho después de verte y sí, ¿cómo es posible que no aprendiera que jamás debes fiarte de las apariencias? Pero no tengo ningún derecho a hacerte más daño.

—Solo me duele el daño que te hayan hecho a ti. Este y cualquiera.

Entonces la vi perder la mirada y supe que pagaría muy caro dejarla seguir hablando.

—Fue un flechazo, lo mejor si empiezas una nueva vida y has aceptado tu decisión y que lo pasado no se olvida, lo bueno sobre todo. Pero es curioso, y también a veces terrible, cómo puedes confundir tanto un sentimiento que crees conocer. Con Christopher fue una pasión tan desbordante desde el primer momento que sencillamente me cegó.

»Era guapo, atento, de buena familia, el mejor en su promoción y médico residente en el hospital donde comencé a trabajar después de regresar. Su padre era un reputado cardiólogo y él tuvo la suerte de pasar la guerra en un despacho mientras acababa la carrera. Nos bastó con un día hablando y en poco más de medio año nos prometíamos. Yo estaba asombrada pero convencida por completo de que me había enamorado de verdad, aunque sabía que era diferente a lo que había sentido por ti porque tú habías sido demasiado especial, no solo por ser el primero. Ahora también sé que tú habrías descubierto a la alimaña. Eso también tendrías que habérmelo enseñado, además de a amar.

—Morgan, espera —intenté—. Llevo seguidos dos casos muy personales, sobre todo el de mi sobrina. Que hayas aparecido tú y en otro aún más grave era algo inimaginable. Así que necesito centrarme en resolverlo y si ahora sigo escuchándote, si tengo que sentirme responsable por algo más, no sé si podré o querré.

—No, por favor. Nunca habrás sido responsable por nada.

Entonces lo vi. Era un miedo más profundo y lejano, pero latente y avivado de nuevo sin duda por el ataque sufrido. Mis miedos y mis fuegos también se encendieron.

—¿Por qué has venido? ¿Estás en peligro? ¿Lo estabas en Inglaterra?

—No, ya no.

—¿Ya no?

—Lo estuve la única noche que duró mi matrimonio, pero también pude llegar a casa por mi propio pie y logré detener a mi padre para que no la convirtiera en trágica. En esa noche Christopher cambiaba la atención y maneras exquisitas por la exigencia sin discusión de que dejase de trabajar para evitar el trato con más hombres, sobre todo "escoria" de la guerra como los llamó. Después sacaba una inexplicable furia por no mostrarme sumisa en la cama como debería ser una vez casada, ya que había sido muy magnánimo al haberme consentido antes mi descaro y mucho más al aceptar que, además de no llegar virgen al matrimonio, no hubiese sido por él, sino por a saber cuántos más, aunque yo le hubiera contado que solamente había tenido un novio. Protesté más por asombro e incredulidad ante lo que oía y veía que por oposición, pero fue suficiente para que empezaran los golpes. Hubo otra consecuencia que… fue concebida a la fuerza, pero que se convirtió en lo que más quiero en el mundo y ahora duerme tranquila. Las dos estamos bien, y también mi padre. Nos sigue protegiendo y lo superó, igual que yo. Y espero que Anna guarde un muy vago recuerdo de lo peor que ha ocurrido aquí, pero lo mejor es que no tiene ninguno del hombre que la engendró.

Cuando Morgan se calló, sé que me había perdido en sus húmedos destellos verdes. Ella los mantuvo y el silencio continuó hasta que, apartándole las piernas como si tocara cristal, me levanté y cogí la botella de whisky. Rellené el vaso y me acerqué al ventanal para mirar a través de la oscuridad exterior y comprobar que no podía pensar. No sé cuánto tiempo pasó, pero sí que bebí de un trago y dejé que el alcohol me nublara más todos los sentidos. El silencio se prolongó hasta que, desde algún sitio, la oí de nuevo:

—Dime algo, Lloyd, lo que sea.

Alguien que no reconocí contestó:

—¿Dónde está?

Oí su suspiró.

—En la cárcel. No dudé en denunciarlo aquella misma noche desde el hospital donde trabajaba y me atendieron. Gracias al informe médico y el testimonio de compañeras que me vieron llegar con mi padre, y que los policías que acudieron también vieron mis… mi aspecto, no le sirvió de nada la estrategia del abogado de su familia para enfrentar su palabra contra la mía, ni su supuesta enajenación mental por un absurdo ataque de celos cuando ya no tuvo más remedio que admitirlo. Pedí el divorcio en aquel mismo momento, por más que su familia me suplicó que no lo hiciera, que había sido un error imperdonable, sí, pero que todo podía arreglarse o llegar a un acuerdo, evidentemente para evitar un escándalo mayor, claro. Tenían un nombre, un prestigio, y también mi padre. Hipocresía británica… Pero hubo juicio y lo condenaron. Y el divorcio me lo dieron hace tres años.

Hubo otro silencio.

—Sigue —dije sin volverme.

—Anna es solo mía. Ni se me ocurrió pensar en… Ella es lo más precioso, lo mejor de lo peor, la inocencia y la alegría más puras. Tú me hablabas de tus sobrinos así, ¿te acuerdas?, eran pequeños y se te encendían los ojos, y bueno, lo has visto y me lo has dicho. La adoro. Además, es igual que mi madre, con su pelo rubio y… —Por un momento le falló la voz, pero se recompuso enseguida y continuó—: Sin embargo, sí pensé en ocultar el embarazo, pero Londres solo es un pueblo grande, un patio de vecinas chismosas. Él quiso reconocerla para reforzar su defensa y juró y perjuró que estaba muy arrepentido y haría lo que fuera por el perdón y nosotras cuando cumpliese la condena. Pero independientemente a cualquier estrategia, solo los dos sabíamos cuál era la verdad y yo le había dejado muy claro que ya no querría saber nada más de él. Mis suegros intentaron un recurso para poder ver a Anna. Pero también hace tres años mi padre pidió el traslado: había una plaza vacante en el Lincoln College de Oxford y desde entonces vivimos allí.

Se calló y suspiró. Yo podía recordar todos sus suspiros.

—Acaba.

Ella siguió callada unos instantes más antes de responder.

—Ya no hay más.

—Morgan…

Pude notar el ligero cambio en su respiración. Seguía siendo testaruda.

—No hay más, Lloyd.

Esa vez suspiré yo, pero seguía siendo incapaz de girarme. Nunca hubiese permitido que me viera la cara en ese momento. Después escupí las palabras:

—Lo van a poner en la calle, ¿verdad? Buen comportamiento y buenos abogados con docenas de alegaciones y recursos más que han ido reduciendo la condena. Conozco toda esa mierda. ¿Cuándo?

Por fin la rendición y el alivio. Como el mío porque, pese a todo, se sintiera mejor por habérmelo contado.

—Posiblemente en un año —respondió sin reservas.

Ya había sido suficiente.

—Bien. Ve a dormir.

—Lloyd…

—Ve a dormir. Es muy tarde y lo necesitas. Y yo. Seguiremos hablando, te lo prometo.

Ella también conocía mis tonos y mi respiración. La oí levantarse, dar un par de pasos para detenerse y ya solo susurrar:

Mi dispiace tanto, Lloyd… Ojalá puedas perdonarme.

Después la puerta de la habitación se cerró. Yo todavía me quedé un poco más mirando sin ver por la ventana. Luego me di la vuelta, volví a llenar el vaso de whisky, me lo bebí sin pestañear, desplegué el sofá e hice la cama. Me desnudé y me acosté. Solo unas lágrimas oscuras muy lograron dormirme. El inmenso dolor por las terribles palabras e imágenes me había impedido reparar en la sombra que cruzó la calle.

 

***

Todavía no había luz cuando me desperté en lo que me pareció apenas unos minutos, pero sorprendentemente no me encontraba cansado ni con ningún efecto del whisky, únicamente permanecía el enorme peso de ira y pena en el corazón. Y una negrura desconocida y peligrosamente intensa. Casi pude ver a Pete y a Lane riéndose de mí. Sí, todo era cuestión de sangre, de la que se lleva y la que se derrama, o de la que no se tiene. Pero ahora había que encontrar a aquel asesino.

Me levanté, me medio vestí y preparé el café que necesitaba más que agua en el desierto. Mientras se hacía cogí la carpeta con la copia de los casos y entonces apareció Morgan.

Buon giorno. He olido el café. —Lo dijo sonriendo, pero aún la envolvía el halo de profunda tristeza.

A mí me dolió mirarla, pero no por la conmoción de lo sabido sino por lo extraordinariamente hermosa que me seguía pareciendo, quizás aún más, quizás porque aún no creía que estaba allí o le hubieran hecho un daño tan inimaginable, quizás porque todos los recuerdos me traicionaban. Pero no podía dejar que aquel dolor tan negro me afectara o pudiera herirla más a ella, así que mostré mi mejor sonrisa.

Buon giorno. Es muy temprano todavía.

—No he dormido mucho.

—Pues vuelve a la cama. ¿Y Anna?

—Es una marmota, pero ha estado inquieta. Tardará en despertarse. ¿Qué es eso?

—Son los datos de los casos. Me gustaría que les echases un vistazo. Quizás haya alguna cosa que te llame la atención —dije—. Y para el desayuno seguro que a Anna le gusta el chocolate, a ti te gustaba.  

Le guiñé un ojo y dio un paso.

—Déjame preparar algo.

—No, te dijeron que debías mantener el pie en alto al menos un día más.

Entonces vi que me miraba el costado y levantaba la mano para acercarla casi con cautela y meterla por entre la camisa medio abierta. Al notarle el tacto cálido de los dedos sobre la cicatriz aún tan reciente del disparo, sentí que me quemaba, pero no me moví. Ella se entristeció, aunque solo durante un instante. Luego me acariciaba la cara y sonreía.

—Ya apenas se te notan. Todo se cura, ¿verdad?

Ya no pude contenerme, pero traté de que no me venciera todo a la vez y la abracé con la fuerza suficiente para que lo entendiera, sin querer aceptar que el que debía entenderlo era yo. Se estremeció y su olor me intoxicó. Sus brazos rodeándome y su aliento amenazaron con deshacerme.

—Claro que sí —le musité en el pelo. Ella me frotó la cara contra el pecho y estrechó más el abrazo. La voz se me enronqueció—. No puedo besarte, Morgan, no como sé que quiero.

—Sí que puedes. Lo hiciste en el hospital.

—Eso fue para tranquilizarnos por ver que no te había pasado nada.

—No, Lloyd, para mí esos besos significaron ser capaz de volver a darlos después de seis años, de poder tocar otra vez a un hombre. Así que, que ahora me dejes hacerlo y me estés abrazando ya es todo.

Entonces me di cuenta de que la bata que llevaba puesta se le había abierto, pero el camisón no estaba y ya no le vi marcas ni ultrajes, sino otra vez su cuerpo inmaculado. Sin embargo, Morgan temblaba como una hoja cuando me cogió las manos y las puso sobre su cintura. Si antes creí que me quemaba, ahora me abrasé.

Me había dicho a mí mismo casi cada día que jamás la olvidaría pero había aprendido a vivir sin ella, que su magia podría seguir acompañándome como un manto cálido que me envolviera cuando necesitase los mejores recuerdos, pero ya había sido capaz de acostumbrarme al frío, a ese vacío especial que conjuras para que te adormezca el alma y no sentirlo, como hice en la guerra. Me había dicho a mí mismo que había podido tener a otras mujeres, notar algún soplo de aire templado que a veces parece llegarte dentro, que había logrado esa paz única que dan la música o el silencio y la soledad. Me había dicho mil idioteces porque solo Dios sabía cómo la había echado de menos. Ahora todo saltaba por los aires con más fuerza y más rabia por las razones que me la habían devuelto aunque solo hubiese sido durante un minuto.

—Es cierto que temía que no quisieras verme —la oí entre bruma—, pero en realidad tú has sido la excusa más importante para este viaje. Te llamaría después del congreso y, si te veía, comprobaría que al menos habrías querido hacerlo.

—Jamás me hubiese negado a verte, Morgan.

—Aun así. Pero además ha pasado esto y quizás ha sido para poder estar ahora aquí y así. Como si algo malo otra vez compensara lo peor que ya fue antes y tuviera que aparecer la mejor persona para aliviar todo, ¿entiendes?

—Sí, pero yo no…

—Tú eres el único que podía devolverme mis manos.

—Tus manos son las de siempre.

—Mis manos de mujer no. Y las de hombre se me habían borrado y no he querido volver a acercarme a ninguno, ni que ninguno lo hiciera.

Le tapé los labios con los dedos negándole. Ella sonrió y me los besó.

—¿Ves? Contigo sí puedo porque me tocas y no me rechazas.

—¿Cómo voy a rechazarte? Y no vuelvas a pedirme perdón por nada. No me debes nada ni quiero nada de ti más que a ti, pero eso…

—Eso es esto.

Apenas tuvo que acercarme aquellos labios a la boca, y solo hubo una duda cuando la bata cayó al suelo y sus manos terminaron de desnudarme también. Ella la disipaba susurrándome al oído:

—Te aseguro que no se despertará.

Cuando la eché en el sofá me quedé mirándola. Porque eso era lo que quería también, dejarse mirar, y yo necesitaba creerla más. Su cuerpo todavía era más hermoso, con los pechos más grandes y las caderas moldeadas por la maternidad. La piel le tembló al acariciársela y le sabía igual…, no, mejor, al besársela despacio después de tumbarme a su lado. Cuando me pidió que la dejase hacer y tenerme, volví a perderme dentro de ella, a estar donde aún se conserva la última inocencia y un placer puro porque todavía se está aprendiendo a sentir y es de verdad, donde no existe maldad ni bombas ni muerte ni daño ni deseos de venganza, sino solo los de amar. Así que volví a parar el tiempo.

 

***

Efectivamente Anna era una pequeña marmota y seguía durmiendo cuando entramos al dormitorio para meternos en el cuarto de baño. Cuando despertó y salió bostezando ruidosamente, Morgan leía los resúmenes de los casos y yo terminaba de preparar el desayuno. Y sí, también le gustaba el chocolate, y las galletas y la mermelada y los huevos revueltos y casi todo lo demás menos las zanahorias. También, por supuesto, le gustaban el mar y la playa, aunque fuese invierno como ahora o lloviese. Hablaba mezclando idiomas, aunque Morgan la corrigiese y yo insistiera en que no importaba, porque era buena señal de que se le estaba olvidando el miedo y la preocupación.

Les propuse que esa mañana, con aquel día soleado, las llevaría a la playa. Yo había quedado con Tucker y no esperaba tardar mucho para ir a almorzar con ellas, que estarían en un sitio seguro y con gente de confianza. Por la tarde sí tendrían que quedarse en casa y yo procuraría regresar pronto. Entonces, después de desayunar y poner a Anna a hacer deberes que se había traído del colegio, Morgan me apartó tras la barra de la cocina llevando la carpeta y abriéndola.

—Si es una coincidencia, la verdad es que es curiosa y sorprendente, o inquietante más bien. Mira, fíjate en los sitios de los ataques, en los nombres de las calles.

Leí. El primer caso había ocurrido en Varney Street, al suroeste; el segundo había sido también al oeste pero más al norte, en Allston, y la calle era Highgate Street, justo debajo de un cruce con Cambridge Street; el tercero daba un salto al este, a Harbour View, en Whitby Street. Y el último, el de Morgan, había sido en el distrito de Cambridge.

—Los nombres, Lloyd —repitió Morgan—. Quizás sea una tontería, pero he sentido escalofríos al darme cuenta.

—No me tengas así —dije muy serio.

—Highgate y Whitby son lugares que aparecen en Drácula, la novela de Bram Stoker. —Ante mi cara, ella siguió explicando—. Whitby está en Yorkshire y es adonde llega el conde Drácula tras su viaje por mar desde Transilvania  El cementerio de Highgate está en el norte de Londres, donde estaba enterrado el personaje de Lucy Westenra. Y Varney Street… Bueno, Francis Varney es el nombre del vampiro de una novela anterior atribuida a un par de autores menores que la escribieron por entregas. —Entonces se quedó más pensativa durante un momento—. Cuando fui al congreso, muy cerca de casa de Albert, vi una librería muy antigua y ahora recuerdo que se llamaba Demeter, como la goleta rusa que lleva a Drácula a Inglaterra. —Se calló y la cara le cambió—. Dios mío, el experto en toda esa literatura es Albert.

La observé y casi vi sus pensamientos. Serví un poco más de café y se lo puse delante.

—Ahora me vienen cosas que… —continuó—. Sabes que Albert tiene tres hijos, ¿verdad? Su esposa se llamaba Berenice, que es el título de un cuento muy terrorífico de Poe. Y su hija pequeña es Madeline, como otro personaje de Poe, Madeline Usher. —Me miró.

—Todos los bostonianos hemos leído a Poe, hasta los adoptados y paletos como yo —dije haciéndola sonreír.

—Y están Lucy y Jonathan. También son nombres que aparecen en Drácula. Vaya, Jonathan…

—¿Quién es?

—El hijo mayor. Debe de tener tu edad y recuerdo que estaba prometido, pero sé que no se casó. También era experto en Literatura Inglesa del siglo XIX. Se graduó cum laude y daba clases y escribía. Era un calco de Albert, tan atractivo o más que él, pero más bohemio, y la sombra del prestigio de Albert era muy alargada. Mi padre decía que se parecían demasiado pero Jonathan era más sensible. Albert me dijo que se marchó al Oeste, pero ni él ni Lucy explicaron más y evidentemente ya no seguí preguntando. —Hizo una pausa y cuando me miró otra vez negó con la cabeza—. Esto solo son casualidades, extrañas, sí, pero nada más. Venga, llévanos a la playa.

Entonces le toqué la mano.

—No creo en casualidades como esas, Morgan. Llama a tu padre.

Ella asintió sin replicar.

 

***

—Tú has bebido esta noche, ¿verdad?, porque si hubieses follado, no me estarías contando esto. Pero vamos, si es por quitarte del medio, ahora mismo te llevo con Carmichael y se lo cuentas también. Desde luego está comprobado que cuando pensamos con la polla cargada, no pensamos. —Tucker siempre sutil y filósofo.

—Todo un detalle que te incluyas en esa conclusión —concedí.

 Nos habíamos encontrado en la librería Demeter.

—Cuéntame tú algo mejor —le dije.

—Seguimos igual. Te hice caso y hemos pasado por aquí esta noche. Nada de nada. Calma absoluta. Ni un gato. Ni mucho menos murciélagos volando con este frío. —Me guiñó un ojo. No moví ni un músculo. Negó falsamente afligido—. Lo dicho: tienes que follar o se te quedará esa cara de piedra para siempre.

—Bien, pues ahora iré a hablar con Maxwell.

—Carmichael te tiene muchas ganas, Lloyd. ¿Estás seguro de esa teoría?

—Solo quiero hablar, ver cómo reacciona Maxwell.

—No sé, no me gusta. De ser cierto todo eso, sigue sin haber pruebas y lo alertarías.

—¿No lo alertaríais vosotros si Carmichael monta una operación sin tener tampoco esa seguridad? Si lo estropeo, será únicamente cosa mía y trataré de arreglarlo o asumiré las consecuencias que sean.

—No sería solo cosa tuya porque me acabas de informar.

—Niégalo. Los polis os podéis poner siempre al lado de la ley.

—Muy gracioso…

—Dame un día. Es lo único que te pido. Mañana a esta misma hora me echas a los leones si la he jodido.

Tucker dudó un poco más y luego suspiró.

—Mañana a esta misma hora Carmichael me puede poner a dirigir el tráfico en el Polo Norte, pero a ti desde luego te empapelará, así que aprovecha. Veinticuatro horas y ni un minuto más. Para cazar a ese lo que sea y para tirarte a la muñequita inglesa, porque te puedes pasar una buena temporada haciéndote pajas a dos manos.

—Phil…

—¿Qué?

—Gracias por preocuparte por mi vida sexual. Lárgate ya.

 

©Mariola Díaz-Cano Arévalo

 

SEGUNDA PARTE


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