LA SANGRE DE LAS HADAS

 

SEGUNDA PARTE

 

Una mujer joven me abrió la puerta como si hubiera estado esperando tras ella o se marchase en ese momento. Tenía los bonitos ojos claros de Albert Maxwell con rastro de un llanto reciente o, al menos, de consternación. Vestía un discreto traje de chaqueta rosa pálido que, sin embargo, la hacía parecer mayor de lo que era.

—Buenos días. Busco al señor Maxwell. Soy Lloyd Hunter.

—¿Lloyd Hunter? ¿El amigo de Morgan? —Puso un gesto entre la sorpresa y la urgencia.

—Sí. Venía a…

—Soy Madeline Brooks. Mi padre no está. Precisamente creía que era él —dijo. Y entonces, en un ruego más que una petición, añadió—: Por favor, ¿puede acompañarme?

No me dio opción porque ya me indicaba que la siguiera y mi inmediato pensamiento fue que quisiera alejarme de allí. Cuando estuvimos en la acera de la calle la detuve.

—Espere, señora Brooks. Dígame qué pasa.

El gesto se le entristeció.

—Sé qué le ha ocurrido a Morgan y al resto de esas mujeres que han atacado.

—Entonces sería mejor que la acompañase a la policía.

—¡No, a la policía no! Todavía no, por favor. Es complicado y… ¿Puede llevarme con Morgan?

 

***

Anna jugaba distraída y contenta con el perro de Pietro. Antes la habían dejado estar en la cocina y hacer de camarera desde un taburete en la barra. Además, había paseado por la playa, abrigada hasta las cejas y acompañada por Sofía, la nieta mayor de Pietro, que con dieciocho años ayudaba a sus abuelos en el restaurante por las mañanas. Morgan, sentada al lado en la puerta, la había estado vigilando. El día tan bueno de sol sin excesivo frío permitió aquel rato en el exterior.

Las había llevado allí porque Pietro Cecchini regentaba el mejor restaurante italiano de Revere y tal vez de los mejores de todo Boston, y porque posiblemente los Cecchini eran de los pocos pero mejores amigos que tenía. Me lo había encontrado por casualidad el primer día dando una vuelta por el barrio tras mudarme y casi quisieron adoptarme cuando me fui después de haber dicho —en mi mejor italiano con patético acento siciliano— que no había probado nada mejor en toda mi vida que los arancini de Concetta, la cocinera y mujer de Pietro. La siguiente vez que fui ya tenía una mesa fija. Cuando llevé a mi hermana y mis sobrinos en una de sus visitas, a poco cerraron el restaurante para nosotros. Y aquella noche pasada en que les había encargado la cena porque les dije que tenía invitadas medio italianas, Concetta preparó platos milaneses que sorprendieron tanto a Morgan que me pidió conocer a los Cecchini para agradecerles la amabilidad. Así que no se me ocurrió mejor sitio para dejarlas y que estuvieran seguras.

Morgan había llamado a su padre y le había contado todo menos lo que había visto Anna, y el rey Arthur había estado a punto de convocar a todos los ejércitos de Camelot y cruzar el océano ese mismo día. Logró calmarse al escuchar a su nieta, y cuando ella le dijo que había conocido a un lupo grigio molto buono, quiso hablar conmigo.

—¡Por Dios, esto era lo que faltaba! Llevábamos mucho tiempo bien, ¡maldita sea! Que no se muevan de ahí. Si les ocurre algo más… —me dijo con la voz quebrada.

—Señor Rochester, ahora puede ayudarnos usted. Se lo contará Morgan.

—Lloyd, espera. Me alegro de que mi hija te avisara. Eras un buen chico y si mi nieta también lo ha visto, me quedo más tranquilo.

—Pues tampoco se preocupe más.

Ahora, cuando entré con Madeline, Morgan se alarmó porque a esta le sobrevino un llanto ahogado que había reprimido conmigo y empezó a disculparse con ella entre sollozos. La hicimos sentarse y calmarse y Pietro nos trajo café. Enseguida, y con manos temblorosas, Madeline sacó un sobre de su bolso y se lo entregó a Morgan.

—Me lo he encontrado esta mañana en el suelo del vestíbulo y he ido a casa de mi padre para enseñárselo, pero no estaba, y Lucy salía hoy de viaje —dijo—. Es una carta para mí, aunque también debes leerla tú.

 

 

«Querida Madeline.

Me hubiera gustado no escribir esto, ni pensarlo ni hacer todo lo que he hecho, pero ya no tiene remedio.

No puedo culpar a nadie, solo a estos nombres que nos crearon, nos unieron y nos marcaron, y al final me han apartado de la luz que ya me ha quemado el cuerpo, aunque en verdad hace mucho que no lo siento. Al final me han enloquecido a mí porque a vosotras siempre quise apartaros hasta que estuvieseis seguras. Por eso me marché después. Y por él.

El gran Albert y sus libros, su conocimiento, su gloria y su vanidad, su irrealidad. Tampoco puedo culparlo porque yo quise contagiarme de todo eso. Y cuando conocí a Arabella fue la mejor señal de haberlo conseguido: encontraba a otra mujer fascinante, misteriosa, bella sin igual, con otro nombre con historia. Pero yo lo haría mejor que él y Arabella no sería como su lánguida Berenice al lado de un inconsciente Egeo. Nos libraríamos de tanta fascinación por esas novelas, no nos condicionarían como a él, no nos harían vivir en dimensiones paralelas, en tantas fantasías.

Pero ya ves. Das con personajes que son de carne y hueso o acabas convirtiéndote en ellos. Así que decidí que sería yo y no vosotras. Vosotras no seríais sus personajes vivientes, no os moldearía con el miedo que tanto lo atraía.

Sí, el miedo existe, es real, lo provoca lo desconocido, lo doloroso, lo que está mal y lo que está bien porque temes perderlo. Pero si te dejas llevar por él, te confunde y te devora, y yo me dejé. Yo era el hermano mayor, el que tenía más fuerza, aunque llevase el nombre de un personaje secundario, pero que era el que primero percibía y recibía la nefasta influencia del gran hombre.

A la prensa le encanta poner etiquetas y provocar y, cómo no, solo podían llamarme "vampiro". ¡Qué poco originales! ¡E ignorantes! Los verdaderos vampiros son como Albert Maxwell, que no necesitan sangre para vivir, sino extender su irrealidad porque se la creen y quieren que también te pliegues a ella; y si lo consiguen pero los superas, quieren absorberte tu existencia, difuminarla, ahogarla… Pero si eso era una maldición, que fuera para mí, y así sucedió cuando Arabella también se transformó en ese gusano que salió de su madriguera después de arrancarme el corazón. Luego lo pagó caro, pero desde entonces también se está vengando.

Yo he empeorado todo con el alcohol y los barbitúricos, y ahora tengo este veneno que me derrite la piel y me destierra a las tinieblas. Dicen que es una enfermedad física, que aún podría ser peor. ¿Peor que no poder ver el sol? No, es un castigo por el desafío, la última prueba de que la maldición es real pero también debo pagar por ella, así que estoy cansado y ya he perdido la cabeza. Debería haberla perdido en la guerra, haber ido allí, a conocer el infierno verdadero y no el de esos malditos libros.

Así que he regresado a Boston para saldar cuentas con el gran Albert, que comprobara que su deseo se cumplía y me había convertido en el monstruo que tanto admiraba y del que él solo consiguió imitar ese falso porte aristocrático. Vanagloriarse de su superioridad intelectual pero ser un cobarde realmente. Yo sí he cometido sus insanos deseos. Pero resulta que he empezado a ver a Arabella en cada sombra de la noche. Después he tenido momentos de lucidez y me he dado cuenta de lo que he hecho. Ahora estoy en uno y debo aprovecharlo. Así que te escribo para despedirme y también para disculparme por esta postrera locura que me ha empujado a matar, porque ya solo me quedaba buscar la sangre de verdad para mostrársela a los dos por estas malditas alucinaciones.

La última fue la otra noche, cuando creí que Arabella estaba justo allí, acercándose a la casa, y temí que fuese a avisarlo. Cuando la alcancé y opuso resistencia, supe que esta vez sí que era ella y por fin la destruiría para que pudiera quedarse en paz y dejarme a mí. Entonces me tocó y, aunque no me vio, yo sí que distinguí su cara, que se distorsionó en un engaño distinto a los anteriores porque era el de una imagen olvidada, imposible, de otro mundo, de otra dimensión y… de otra maldición. O quizás fue una señal, un único rayo de luz que me iluminó, pero sí, la recordaba perfectamente. Era Morgan Rochester, aquella muchacha de la lejana Britania, otra hija marcada por la fantasía y la leyenda.

Y fue en un segundo, Madeline, la solté en un segundo porque recordé sus ojos como lagos esmeraldas, y veladas entre libros con su padre, conversaciones triviales donde movía las manos como si siempre estuviera tocando rosas. En un segundo también recordé que, sin embargo, no era así, que la joven señorita Rochester era enfermera, que su padre solía reír mucho para la flema inglesa que se le presuponía y le había dado un nombre y apellido de hada cristalina y de un romántico amante al que quizás cegaba un fuego devastador pero que aún le daba más fuerza a su corazón. En un segundo también recordé que, aunque brevemente, un día me la encontré por la calle e iba paseando junto a un soldado tullido que se asemejaba a un lobo. Y eso solo lo puede conseguir la magia, porque debe protegerse bien, y qué mejor que un aliado tan poderoso del Mal para combatirlo. ¡Fíjate lo que dura un segundo, querida hermana!

Así que huí, pero esa luz condujo al dolor y al arrepentimiento. Por eso regresé al día siguiente, para pedirle perdón, porque creí que no le había hecho tanto daño, ya que la había visto poder llegar a casa. Y como ya no hay puerta o ventana que sea obstáculo para mí, fui a disculparme pero no estaba. Solo distinguí una pequeña forma arrebujada entre las mantas. Una niña, adiviné. Claro, un nuevo trozo de magia. Y quise quedarme un poco en casa. ¿Te acuerdas? Arriba, en el cuarto de mamá, donde nos escondíamos cuando todavía no había monstruos porque a ella jamás se le acercaron.

Fui a saludar al gran Albert por la mañana. No tuve que decirle nada y es la primera vez que le he visto sentir ese miedo que tanto le gustaba recrear. Hubiera acabado con él en ese momento, pero estaba la niña y también quise saber de Morgan Rochester. Así que le advertí de que no le serviría de nada avisar a la policía ni a nadie y él aceptó. Pensó que se trataba una vez más de una historia de las suyas, aún creo que lo piensa y por eso se empeña en despreciar el terror, en retarlo incluso, y envidiarlo porque yo lo inspiro de verdad. De modo que ya ves que está más loco que yo. Pero alguien llegó en aquel momento y al poco se marchaba con la niña, y pude ver con sorpresa que era aquel soldado de entonces. Al menos no estaba Lucy. Imagino que se habría marchado temprano a vender sus vestidos y joyas de sus grandes almacenes. ¡Cómo envidiaba su superficialidad y su frivolidad aunque pretendiera repudiárselas!

Tendrás que disculparme con ella, aunque has de saber que siempre te he querido más a ti, por ser la pequeña y la más frágil, la que también tenía posibilidades de caer en la maldición de su nombre, pero que se hizo fuerte y la ahuyentó. Y porque has creado esa familia tan normal con ese honrado oficinista y esos niños revoltosos que pueden salir a jugar en la calle. Así que seguirás viviendo en paz. Pero debes hacerme un último favor.

El gran Albert me dijo quién era ese soldado que se había llevado a la señorita Rochester y a su hija y que debió de olerle mucho más que miedo si tiene el olfato de su apariencia. Al saberlo, me di cuenta de que este último y terrible error en realidad puede liberarme de la maldición, ya que nadie me daría mejor caza que un lobo, y si son peligrosos cuando sirven al Mal, son aún más letales si lo hacen para el Bien. Luego me enteré de dónde estaba su territorio y me gustó la paz alrededor. Supongo que quien de verdad ha visto el Infierno y sobrevive para contarlo respira todo el Paraíso en el aire nocturno del mar. Y ese aire parece haberme aliviado un poco y darme las fuerzas justas para escribir esto.

De modo que, mi querida Madeline, te ruego que también le hagas llegar estas palabras a la señorita Rochester para que me acepte el perdón por haber derramado sangre de hadas. Y si su fiel guardián quiere encontrarme, seguro que lo hará.

Va a amanecer y creo que saldrá el sol.

He estado en muchos sitios, ciudades extrañas y calurosas, he visto el Pacífico y otros pasados coloniales, he aprendido un poco de español y crucé la frontera con México, donde el tequila y el mezcal se convirtieron en mis mejores y más inspiradores amigos y la voluptuosa piel de sus mujeres casi me hizo olvidar la de Arabella. Quise quedarme, lo pensé mucho, pero ella también me persiguió hasta allí. Entonces, si tenía que volver, solo podía ser aquí, donde siempre me gustó venir. Ellos siempre fueron acogedores, supieron advertirme aunque la adoraban como yo. Debí haberlos escuchado o haber puesto más empeño en darle a Arabella lo que quería. Sus ambiciones materiales tenía también monstruos, pero muy distintos a estos, aunque causaran el mismo daño. Deberíamos haber luchado juntos, pero no quiso. Ellos no la merecieron, no la merecimos ninguno y mucho menos el mundo. Todo lo que tocó lo pudrió, como a mí, como a esta casa, pero ya he aceptado que no dejaré de amarla y esa es mi auténtica perdición.      

El gran Albert me mira desde el rincón. Algunas veces incluso parece papá.

Quédate tranquila, Madeline. Yo también descansaré pronto y no haré más daño. Espero que recuerdes lo poco bueno de mí, pero sobre todo sé feliz y estaré en paz.

 

Jonathan.».

 

—¿Sabes cuál puede ser ese lugar al que se refiere? —dije levantándome.

Madeline estaba tan apenada como confusa y negó sin contestar directamente.

—No podía imaginarme que Jonathan había vuelto aquí y mucho menos que pudiera estar enfermo. Hace más de cinco años que no lo veo y se fue mucho antes. Es verdad que romper el compromiso lo trastornó y se obsesionó con Arabella. Sí, empezó a beber, tuvo que dejar de dar clases, aunque seguía escribiendo y publicando sin parar, y discutía con mi padre a diario hasta que se marchó. Después apenas hemos sabido nada, aunque de vez en cuando nos llegaba alguna carta donde nos decía que estaba bien, pero esto…, llegar a este extremo… ¡Dios mío…!

Morgan le cogió la mano con suavidad cuando Madeline sollozó de nuevo.

—¿Qué pasó con Arabella?

Madeline suspiró, se recompuso.

—Murió de repente justo al año siguiente de la ruptura, en marzo.

—¿En marzo? —Morgan la miró asombrada.

—Sí. Realmente había una maldición, ¿verdad?

—Creo que me he perdido —dije.

—Arabella March es el nombre de otra protagonista de la última novela que escribió Bram Stoker, esa guarida del gusano blanco de la que habla Jonathan —explicó Morgan—. Una mujer fascinante y misteriosa, pero muy fría, aunque en realidad es la apariencia humana de un monstruo prehistórico con forma de enorme gusano que vive cerca de la mansión donde se desarrolla la historia. Su antagonista se llama Adam Salton.

—El segundo nombre de mi hermano es Adam —apostilló Madeline ya con tono de resignación.

Me quedé mirando un instante a las dos sin saber qué pensar, pero enseguida pregunté:

—¿Y la familia de Arabella? ¿Puede referirse a ellos?

Madeline sopesó la idea.

—Quizás, pero los Foster se marcharon poco después. Arabella era hija única y su madre no podía superar su pérdida. Eran de Providence y regresaron allí. Aquí vivían en Cambrigde también. Su padre también era profesor pero en la Escuela de Derecho. Mi hermano solía visitarlos y sí, ellos lo apreciaban, aunque sabían que Arabella era demasiado caprichosa y buscaba un marido con fortuna más que con prestigio literario, pero pensaron que un hombre como Jonathan podría ser una influencia positiva y le quitaría aquellos delirios de grandeza. Eran buenas personas.

—¿Eran?

—Sí. Murieron dos años después de volver a Providence. Un accidente de automóvil.

—Dios mío, qué serie de desgracias… —murmuró Morgan.

—Tengo que informar, Madeline —dije.

Morgan le apretó la mano y me miró aunque le hablara a ella.

—Dinos dónde vivían los Foster. Lloyd llamará a un policía amigo suyo, irán solo los dos y si están allí, habrá más posibilidades de que no ocurra nada peor, ¿verdad, Lloyd? —Yo asentí y ella añadió—: Y aunque Jonathan sea culpable, un buen abogado podría probar esa locura y conseguir su reclusión en un sanatorio o la cadena perpetua.

Madeline asintió ya más calmada y dijo:

—Avisaré a mi marido y os venís a casa. Es lo menos que puedo hacer y me vendrá bien vuestra compañía hasta que… Trataré de localizar a Lucy. Además, Anna estará entretenida con Louise, son de la misma edad.

Morgan volvió a mirarme y estuve de acuerdo.

 

***

            El número 51 de Wendell Street era la tercera casa hacia el este desde el cruce con Oxford Street, en Cambridge. Como le dije, Tucker llegó solo al cruce, pero malhumorado.

            —¡Soy un imbécil, joder! Trass me la ha jugado. Parece mentira que no conozca a esa rata soplona, que es capaz de hacerse invisible cuando se quiere enterar de algo.

            —Y se ha enterado.

            —Ha aparecido de la nada, o más bien desde detrás de mi cogote cuando he terminado de hablar por teléfono contigo.

            —Pero solamente me has contestado con monosílabos.

            —Tú tienes tu olfato y él tiene el suyo. ¿Por qué te crees que está donde está y yo con el cogote al descubierto? He ido directamente a Carmichael antes de que le contara sus versiones e hipótesis. Se ha emitido la orden de búsqueda y captura de Jonathan Maxwell. Al menos he conseguido que Carmichael no sacara los tanques y solo me haya puesto un par de coches sin insignias.

            —¿Él en persona?

            —Trass y uno de sus aprendices, pero si hay foto, Carmichael tardará dos minutos en aparecer. Como siempre, solo da la cara cuando le interesa. En fin, dime, ¿dónde es?

            Le señalé más adelante.

            —El 51. Está abandonada.

            —O sea, que podemos hacer el ridículo. ¿Por qué no preguntamos primero? Es mediodía y quizás algún vecino sepa algo.

            —No, con suerte nos estarán esperando, al menos a mí.

            —Hunter, creo que te prefería como paleto que sabe leer lo justo, porque pasas dos días con una bruja inglesa y ya hablas con enigmas.

            —No preguntes. —Me paré antes de la ligera desviación de la calle a la izquierda ya cerca de la casa—. Ve por detrás del 47, yo iré por la puerta principal. Si la historia va como se supone, no habrá huida, pero sí quizás una situación de riesgo. No sé aún de qué manera, pero parece que Jonathan Maxwell quiere llevarse ya por delante a todos sus fantasmas, vampiros y monstruos, y ahí están incluidos él y su padre.

            Tucker ya me miró muy serio.

            —¿Y qué se supone que incluye esa situación de riesgo? ¿Se podrá negociar?

            —Sí, pero debo ser yo solo. Todo podría precipitarse si aparece la Caballería, aunque…

            —¿Qué?

            —Que podemos hacer el ridículo. —Y puse uno de sus gestos socarrones que, sin embargo, a él no le hizo gracia.

            —Por una vez le voy a dar la razón a Carmichael. Te gusta meterte en líos.

            —Y a vosotros dejarme. Vamos.

 

***

Examiné un momento la casa después de haber visto desaparecer a Tucker: una fachada de desvaído color verde, un vallado alrededor con un pequeño y descuidado jardín, unos escalones hasta el porche que crujieron como papel y una puerta de un color marrón apenas visible ya con una cristalera en medio, con vidrios rotos.

Luego miré alrededor. Una vecindad silenciosa, o discreta. Un par de coches que pasaron sin fijarse mucho, pero nada más. Entonces vi que la puerta estaba abierta.

Unas cuantas llamadas antes de avisar a Tucker nos habían confirmado las sospechas. Los Foster habían intentado vender sin éxito la casa cuando se marcharon a Providence, pero tras fallecer sin testar y sin herederos, una inmobiliaria se quedó con ella. Al año un interesado se puso en contacto porque quería alquilarla. Todos los trámites se habían realizado por teléfono y correo, con los documentos y correspondientes firmas yendo y viniendo entre la inmobiliaria y un apartado postal de San Diego a nombre del señor Quincey Morris, pero nunca habían tenido trato personal con él. Como, sin embargo, el pago del alquiler se había efectuado puntualmente, tampoco les preocupó demasiado. Así hasta el mes de diciembre pasado, cuando una breve notificación del señor Morris les advirtió de que pronto rescindiría el contrato. Nada más.

Madeline y Morgan se estremecieron al escuchar el nombre de Quincey Morris y yo ya solo pregunté por el destino del personaje literario en cuestión, que era aquel aventurero norteamericano, pretendiente de Lucy Westenra, que se retiraba ante su rival Arthur Holmwood y terminaba con el conde Drácula junto a Jonathan Harker en la lucha final contra él, pero moría tras ser herido gravemente en ella.

Ahora, ante la puerta que se abrió al tocarla, me pregunté cómo acabaría de verdad todo aquello. Un fuerte olor a humedad me recibió al dar un paso cauteloso al interior y sentir que el suelo crujía igual que los escalones. Cerré y me quedé inmóvil hasta que la vista se me acostumbró a la penumbra y el oído se me agudizaba. Ya era un reflejo desde la infancia, cuando mi padre nos enseñó a cazar y pasábamos horas en el bosque. Después, en la guerra, mejoré lo aprendido hasta límites insospechados, ya que entendí de pleno ese segundo que supone ser cazador o presa muerta.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Silencio. Un paso más. Toqué la 38, pero no pensaba desenfundarla. Así el ridículo sería menor. Un vestíbulo vacío y unas escaleras a la derecha.

—¿Señor Maxwell?

Nada. Otro paso. Una puerta a la izquierda, otra al fondo, débiles haces de luz filtrándose por las rendijas de ventanas cerradas.

—¡Jonathan! ¡Soy Lloyd Hunter! ¡Madeline nos llevó su carta!

Un ligero crujido sobre mi cabeza. Aguardé. Sí, pasos suaves, como por una alfombra. Cierta claridad que entraba desde una pequeña claraboya en mitad de la escalera y una figura que bajó por más peldaños de papel y se detuvo a la mitad: vestía gabán y pantalones negros, guantes y un largo pañuelo alrededor del cuello, y el pelo muy corto también era oscuro. Distinguí sus ojos, pero no su rostro. La figura me observó unos instantes. Posiblemente desde allí arriba me veía mejor que yo a él. Después habló con una voz grave y extraña, azotada por el alcohol y el tabaco:

—Ha sido fácil, ¿verdad?

—Me han ayudado.

—Sí, claro, el hada es mágica.

—Mucho. —Jonathan no se movió. Me atreví—: ¿Y su padre? ¿Está con usted?

—Sabe que sí.

—¿Está bien?

—Ha tenido días mejores. Como yo.

—¿Puedo verlo?

Ladeó ligeramente la cabeza asintiendo y se giró para volver a subir. Lo seguí despacio.

En el piso superior había un largo pasillo con el suelo forrado de una moqueta raída con olor a polvo podrido y humedad. A ambos lados puertas cerradas. Al fondo, y de un cuarto que sí estaba abierto, salía una luz mortecina y temblona. Al acercarme me di cuenta de que era de unos candiles antiguos de aceite sobre una mesa en la que había un jarro, dos vasos, un cuaderno abierto y una pluma, tres sillas rotas alrededor, un sillón desvencijado y una maleta al lado. Grandes y ajados cortinajes tapaban dos ventanas. Y el ambiente asfixiante de tabaco y opio que nublaba la visión y atascaba el olfato. Por eso no acerté a distinguir bien las manchas oscuras que había en el suelo.

Entonces vi a Albert Maxwell en un rincón sobre unas mantas. Llevaba el traje de tweed que le había visto, pero no había rastro de elegancia en el cuerpo encogido, atado de pies y manos y con la boca amordazada, que estaba pegado a la pared. Los ojos tan azules habían perdido el brillo por la falta de sueño, lo incomprensible y la incertidumbre. Me miró tan desesperado como aterrado, pero logró mostrar una mínima dignidad.

Al distinguir bien a Jonathan, reconocí el brillo que te ha quitado la razón pero te mantiene en una realidad a la que ya no perteneces ni quieres. Jonathan ya vivía entre dos mundos, la cuestión era saber en cuál estaba ahora o cuánto tardaba en pasar de uno a otro.

Cuando se quitó los guantes en una especie de reverencia para invitarme a entrar en la habitación vi que sus manos tenían esas marcas como de quemaduras cicatrizadas de las que había hablado Morgan, algunas curadas y otras no, y que la piel casi transparente resaltaba más. También parecía tenerlas en el cuello cuando se aflojó un poco el pañuelo que se lo rodeaba, pero una barba rala se las disimulada. Pero lo más llamativo eran sus grandes ojos de un azul acerado y más intenso que los de su padre, con profundas ojeras y hundidos en sus cuencas, que le conferían un aspecto tan enfermizo como paradójicamente poderoso. Su cuerpo delgado y fibroso y una altura casi como la mía también hacían pensar en que su debilidad era engañosa, ya que había demostrado una fuerza mortal en sus ataques. No me repelieron ni su aspecto ni sus maneras, pero sus actos eran imprevisibles e intuí que intentar reducirlo físicamente sería bastante difícil. Tampoco podía asegurar que no estuviera armado.

—Lamento no poder ofrecerle más comodidad, ni nada para tomar, pero no estaremos mucho tiempo —dijo en un tono tranquilo.

—Para eso he venido, para que nos marchemos de aquí. Es lo que me han pedido su hermana y la señorita Rochester.

—¿Cómo está? —Mostró un interés y arrepentimiento sinceros.

—Esperando poder perdonarle en persona.

Su sonrisa, o la mueca irónica que esbozó, no era desagradable, pero sí reflejó su trastorno.

—No creo que eso ocurra, pero lo agradezco. Y también que haya venido usted. —Miró brevemente a su padre—. Podrá contarle a él lo que es el Infierno.

—No conozco el Infierno.

—Estuvo en la guerra. Conoce el horror y la sangre reales, lleva sus cicatrices en la cara. Y ha visto la muerte de mil formas.

—El horror, la sangre y la muerte están en todas partes y son reales.

—Él no lo sabe.

—Claro que sí. Todos hemos perdido a alguien o alguien nos ha hecho daño.

—Pero no todos han matado. Nosotros sí.

—Es verdad.

—¿A quién ha perdido usted, señor Hunter?

—A dos hermanos mayores y a muchos amigos.

—¿En la guerra?

—Sí, pero a quienes maté también los perdieron sus familias y amistades.

—Pero eran enemigos.

—Ya no sé lo que eran, y luego también he vuelto a matar porque me he encontrado con monstruos mucho más peligrosos que los de la guerra o que cualquiera creado en un libro. Y los de los libros sí que no existen, así que ni es usted uno de ellos ni podrá matarlos, pero puede seguir viviendo. Yo lo hice.

—Claro. Los lobos son las criaturas elegidas para infundir el miedo más primario y vivir matando.  Hace usted honor a su nombre, señor Hunter, y es un privilegio que una magia tan legendaria y hermosa como la de la señorita Rochester lo eligiese y se haya apiadado también de mí.

—¿Y no querría ver que la señorita Rochester es aún más hermosa, más mágica y fuerte? Su padre puede decírselo. Y sus hermanas, ellas también lo son.

La mirada se le perdió en la luz de los candiles.

—Ella me engañaría otra vez… Siempre lo hace —musitó.

—Ella no está, Jonathan. —Di un paso hacia Albert—. Déjeme liberar a su padre.

Jonathan continuó ensimismado en la luz amarillenta y caminé despacio sin apartar la vista de él.

—No es mi padre. No lo toque. Quédese ahí.

Había levantado la cabeza y me clavó los penetrantes ojos azules que iban y venían por Dios sabía dónde. Obedecí, pero me puse frente a él.

—En su carta hablaba de acabar con alucinaciones, con una supuesta maldición, pero yo no he venido a darle caza ni quiero matarlo. Solo quiero que nos vayamos de aquí los tres. Morgan Rochester supo lo que podría ocurrirle, y las enfermedades, las heridas, pueden curarse.

Le mantuve la mirada ahora de tono ámbar, como si hubiera absorbido toda la luz.

—¿Cómo? ¿Y para qué? Me he convertido en un asesino porque todos esos monstruos, esas fantasías, se hacían realidad. Hasta la alcanzaron a ella, la llevaron a traicionarme y luego me la arrebataron. Los hombres me ajusticiarán y Dios condena para toda la eternidad. Ella ya vaga allí. Y todo fue por él. —Se movió para mirar y señalar de nuevo a Albert. Yo seguí quieto.

—Pero sabe que son fantasías. También lo ponía en su carta. Pues demuéstrelo. Además, la fantasía solo es realidad que alteramos por conveniencia o deseo. Y eso es tan lícito como necesario, pero mire, ahora mismo estamos en este cuarto. Todo lo que nos ha ocurrido, real o irreal, mejor o peor, no importa. Lo que importa es aceptarlo y superarlo, o expiarlo, pero seguir adelante.

Una pausa. Otro paso hacia mí. Sus ojos volvieron a ser azules.

—Le envidio porque yo no sé. Además, es demasiado tarde y demasiado castigo. Márchese ya.

Comprendí que había pasado tiempo y Tucker podría estar ya nervioso. Me arriesgué.

—Me iré con su padre y será mejor que usted se venga con nosotros porque de todas formas la Policía va a detenerlo.

—¿Ve? Usted también me ha traicionado.

—No, usted es el criminal. Y en cualquier caso demostrará que también es un cobarde en la fantasía y en la realidad.

—Parece mentira que precisamente usted no lo quiera ver, señor Hunter. Al final solo está la muerte.

Entonces, ignorándolo, fui hacia Albert, pero este se incorporó y gimió a modo de alerta mirando a su hijo con los ojos desorbitados. Jonathan daba dos zancadas hasta la mesa y derribaba los candiles de un manotazo, que cayeron al suelo y prendieron el aceite derramado al tiempo que supe inmediatamente que aquellas manchas oscuras eran pólvora. Así que, en segundos, el humo y las sucesivas explosiones de la pólvora como pequeños fuegos artificiales se propagaban con rapidez para empezar a recrear ese infierno invocado.

Tuve tiempo de aflojar lo suficiente las ataduras en los tobillos de Albert para que pudiera sacar los pies, y le apremié a que huyera, y a continuación tiré de una de las mantas para usarla como escudo. Pero entonces me asombró la fuerza con que Jonathan me rodeó con los brazos para echarme hacia atrás y tirarme a un lado. La 38 se me clavó en la cintura antes de desplazarse hacia la espalda. El humo se hizo cada vez más intenso al haberse prendido el pesado cortinaje. Conseguí incorporarme en medio de la tos y el lagrimeo de los ojos, pero el golpe que Jonathan me dio con una de las sillas me aturdió unos instantes. ¿Así iba a ser? ¿Sobrevivir a una guerra, al helado lago Michigan, a un disparo, para acabar asfixiado en un fuego real? Hubiera preferido arder dentro de Morgan como unas horas antes.

Con esa imagen pude ponerme en pie y vi que Jonathan derribaba a Albert cuando este había logrado llegar a la puerta. Cada vez más llamas, más calor, más humo. Lo alcancé y esta vez lo aparté yo y volvimos a forcejear. No entendía por qué no sacaba la 38, ni por qué me empeñaba en querer que todos saliéramos de allí con vida. Un empujón y Jonathan cayó hacia atrás. Levanté a Albert y también lo empujé al pasillo, lleno de humo, para ver que conseguía caminar hacia las escaleras. Fui a salir, pero Jonathan me apresó de nuevo cuando toda la habitación ya estaba en llamas. Me tiró en el umbral de la puerta y ya me golpeó con plena locura en los ojos. Rodamos fuera justo en el momento en que cedió la parte del techo más cercana al cortinaje.

Entonces se oyeron claramente sirenas y gritos de varios hombres que entraban. Un puñetazo en la cara me noqueó unos instantes, pero desvié otro, me levanté y pude tirarle de un brazo en mi afán de apartarnos de las llamas que ya salían al pasillo. De repente, Jonathan perdió la lucidez por completo cuando, tras haberme aplastado contra la pared del pasillo y agarrarme por el cuello con una fuerza sobrehumana, me soltaba y miraba hacia la habitación a la vez que gritaba desgarradoramente:

—¡No! ¡El camafeo! ¡No! ¡No! ¡Mi vida! ¡Mi vida!

Y entró entre las llamas sin pensarlo. No pude detenerlo y entonces más voces y brazos sí me retuvieron a mí. Casi al mismo tiempo se oía otro desplome del techo y la pared que daba al pasillo. Quienes me empujaron y tiraron de mí eran tres bomberos y yo les grité que había otro hombre en la habitación, ellos asintieron y uno me arrastró hasta abajo. Allí había más bomberos y me sacaron fuera donde la luz del sol me cegó, y volver a respirar oxígeno fresco me aumentó la tos en la garganta áspera y seca. Unas manos se me posaron en los hombros y me zarandearon mientras yo no dejaba de toser y frotarme los ojos queriendo hablar sin conseguirlo.

—¡Joder, Lloyd, ¿pero qué hacías?! ¡Ya no me vas a meter en ningún lío más! ¿Me oyes? —chilló Tucker con el gesto desencajado antes de sujetarme porque me falló el equilibrio.

Al apoyarme en él fue cuando vi los dos camiones de bomberos, los coches de policía, un par de ambulancias, a un enfermero que atendía a Albert Maxwell y a otro que venía hacia mí. También a Trass fumando un cigarrillo y hablando por radio. Y a un montón de curiosos que llenaban la calle.

 

***

Jonathan Maxwell sobrevivió, como Quincey Morris. Lo rescataron los bomberos, que tuvieron el tiempo justo de encontrarlo, bajar y salir antes de que se derrumbara la parte del primer piso donde había estado aquel cuarto, y pese a que varios compañeros con mangueras estuviesen refrigerando el exterior. Lograron extinguir el incendio, pero indudablemente la casa tendría que ser derruida.

La ambulancia con Jonathan salió disparada hacia el hospital. El humo le había afectado antes que las llamas, como era habitual, pero a las últimas les dio tiempo a causar algún estrago que si bien no mortal, sí agravaba su estado. Lo sorprendente fue que, como si la mano se le hubiera convertido en un gancho de acero, tardaron mucho en quitársela del asa derretida de la maleta que había aferrado. En ella, y en un milagroso perfecto estado, solo había una camisa blanca, un reloj de cadena y más cartas, algunas fechadas años antes y dirigidas a Arabella Foster, además de un camafeo ovalado de plata que Jonathan no dejó de pedir hasta que se lo dieron para perder la consciencia a continuación.

A Albert y a mí también nos llevaron al hospital. Albert tenía la tensión muy alta y signos de deshidratación, además de la intoxicación por humo. Yo insistí en encontrarme bien y no me había dado cuenta de las quemaduras leves en las manos ni de la ceja abierta ni del mentón partido hasta que me vi reflejado en el cristal del coche de Tucker. Perfecto… Más marcas para ser un poco más guapo. Trass nos siguió y al llegar vimos a Carmichael en la entrada principal entre una nube de periodistas. Me negué a que me atendieran hasta que no telefoneé a Madeline y a la media hora la veía aparecer junto a su marido y Morgan. A continuación, el cuerpo se me convertía en gelatina y empecé a sentir el dolor a la vez que me enfadaba por llevar más de dos meses seguidos entrando y saliendo de hospitales. Me calmó que permitiesen entrar a Morgan, ya que acreditó su condición de enfermera, mientras me cosían la herida de la ceja y me curaban y vendaban las manos.   

Carmichael, aunque todo estaba claro y resuelto, quiso hablar con Albert en cuanto este se recuperó un poco. Concedió que Albert no hubiera creído a su hijo como autor de las muertes de aquellas mujeres al haber podido apreciar el trastorno mental que parecía tener, pero no le convencía que hubiese ocultado su presencia en la casa aunque hubiera estado coaccionado o amenazado. Que yo hubiese ido a por Anna le había dado la oportunidad de decírmelo y, por tanto, se podría haber evitado tanto su secuestro como aquella última tragedia que probablemente se saldara con la vida de Jonathan. Al menos, Carmichael tuvo el tacto de guardarse la opinión de que en realidad aquello también ahorraría la más que segura condena y ejecución que se merecía cualquier criminal por muy loco que se hubiese vuelto. Así que se conformó con tener un primer informe de Tucker y me emplazó también a mí para declarar cuando estuviese recuperado.

Entonces apareció Lucy. Madeline la había localizado después de llamar a los almacenes Macy’s, para los que Lucy trabajaba como secretaria, y desde allí la telefonearan a la reunión de proveedores a la que había ido con su jefe fuera de la ciudad. Vieron a su padre, que procuró tranquilizarlas y les dijo que no se quedaran, que él se pondría bien y tratarían de superar aquello, así que obedecieron. Sin embargo, no les permitieron ver a su hermano, quien permanecía sedado y muy grave, y de quien también confirmaron la porfiria hepática que había intuido Morgan.

Después nos marchamos. Le pedí a Morgan que volviese con Madeline y Lucy. Tucker me llevaría a Wendell Street para recoger mi coche y nos encontraríamos en casa de los Brooks. Allí, Lucy y Madeline, cuyos suegros se habían quedado con sus hijos y Anna, sintieron que yo también hubiese resultado herido al tratar de hacer lo imposible por su padre y su hermano. Morgan les dijo que nos veríamos al día siguiente pero que nos avisaran con cualquier novedad.

Cuando llegamos a mi apartamento creí que la rodilla se me había partido en dos otra vez además de que me dolía todo el cuerpo. Anna se había asustado al verme, con la ropa manchada y las heridas, pero me había conmovido un gesto que ya apuntaba las mismas maneras de su madre, porque no tuvo reparos en cogerme las manos con cuidado y examinarme el vendaje.

Mi dispiace, ma tu sei grande e bravo e... Oh, mi scusi... Mi madre te curará.

Lo so, e anche tu. Sono molto fortunato.

Me había sonreído asintiendo, aunque había ido a Morgan para preguntarle en voz baja por qué solo pasaban cosas malas en aquella ciudad. Morgan le respondió que a partir de ahora ya todo estaría bien. Yo me metí en la ducha y cuando salí, no me dejó moverme del sofá y preparó una cena deliciosa con un poco de todo. Más tarde se empeñó en mandarme a mi cama, porque ellas estarían bien allí y yo tenía que descansar mejor. Solo la miré para que supiera cómo descansaría yo mejor que en ningún sitio ni con nada, y ya no insistió.

Antes de las diez Anna bostezaba después de otro ajetreado día con tanta gente nueva. Morgan se fue con ella hasta que la vio dormirse. Luego regresó y no dijo nada, solo desplegamos el sofá y nos acostamos, demasiado aturdidos y asombrados por que hubiésemos empezado ese día haciendo el amor en silencio aunque nos hubiéramos gritado todo con los cuerpos, y ahora volviésemos a estar allí echados y no quisiéramos salir más de entre aquellas mantas, ni parar de tocarnos y besarnos cicatrices y golpes que jamás debiéramos haber sufrido por nada ni de nadie. Pero, de pronto, Morgan se echaba a llorar como nunca la había visto y para mí fue ese el momento que más me asustó. Ni la locura que había quitado vidas, ni el fuego ni nada más, solo aquel llanto desgarrado contra mi pecho.

—He pasado tanto miedo… Si solo hubiera sido yo, pero has sido tú también y también has podido… Solo te causo problemas… Antes, ahora y… por todo. Me iré, nos iremos enseguida…

Tuve que girarme para ponerla de lado y que me mirara.

—Eh, me causas todo menos problemas. Esta mañana te lo he dicho y tú a mí.

Le alcé la barbilla y le besé la nariz y los ojos. Ella asintió, se calmó, entrelazó las piernas con las mías y me volvió a abrazar como si fuera de algodón.

—Déjame quedarme aquí ahora. No te molestaré ni…

—No —la interrumpí notando que se ponía tensa y contenía el aliento—. Lo que quiero es no dejarte.

 

***

A las diez de la mañana sonó el teléfono. Madeline sollozó al otro lado. Las habían avisado de que, aunque seguía muy mal, su hermano había superado la noche y había despertado para preguntar por su padre y por Morgan.           

Probablemente la última mejoría que a veces la muerte concedía como una cruel o aliviadora gracia. Morgan la conocía muy bien, como todos los médicos y enfermeras que trataban con ella a diario. Como vi yo también en alguna ocasión, no en la guerra, donde la muerte no se entretenía mucho en piedad vana y era más rápida —al menos, así lo había procurado yo cuando salió siempre certera del cañón de mi fusil—, sino en la euforia del chaval sin piernas que superaba la amputación, aguantaba el viaje de vuelta y sentía la mayor alegría por encontrarse en aquel hospital antes de regresar a casa, donde se recuperaría y haría mil cosas, pero simplemente sufría una infección un día después de llegar. En el mejor de aquellos casos, y que yo tampoco había olvidado, la sonrisa en su cara ya siempre le acompañaría. Que ahora la muerte decidiera ser compasiva con una mente desquiciada que tanto la había buscado y la había dado y tú pudieses sentir esa misericordia era otra de las paradojas morales a las que me había acostumbrado. Como Morgan, cuyas manos eran compasión pura ante aquella última transición.

Llamé a Tucker. Carmichael estaba satisfecho y andaba ocupado con la prensa. Los titulares ya habían cambiado: ya no había un vampiro sediento de sangre, sino el hijo también con fama, aunque misterioso, del reputado profesor de Harvard, que había resultado ser un psicópata obsesionado por la literatura de terror y el amor a un fantasma. Seguía sonando morboso e impactante, pero seguramente la gente olvidaría pronto. En realidad, eso era lo que siempre sucedía.

Morgan prometió a Anna que sería la última vez que pisaríamos el hospital. Madeline había llevado también a sus hijos para que vieran a su abuelo.

Albert había podido dormir, principalmente por agotamiento, y tenían previsto darle el alta si al final del día seguía bien. Sabía que su hijo quería verlo, pero la terrible y constante incomprensión y, en especial, la culpa lo aplastaban y le quitaban toda aquella fachada que tanta admiración provocaba. La apostura y superioridad intelectual y moral que había exhibido lo habían abandonado, y el abatimiento le había ajado los rasgos y el espíritu. Pero cuando vio a Morgan, pareció sacar fuerzas y pudo admitirse su debilidad.

—¡Dios mío, jamás sabré cuánto siento todo esto, querida! ¡Jamás! Te estaba esperando para… Él…

Morgan solamente lo abrazó cariñosa y ni Lucy ni Madeline le mostraron ningún gesto de reproche por que su hermano hubiera preguntado por ella. Después entraron a ver a Jonathan. Yo me quedé con Anna y las hermanas Maxwell, aunque enseguida llegó Tucker y salimos fuera.

—¿Caso cerrado? —pregunté.

—Casi, porque si Jonathan Maxwell se recupera…

—No lo hará.

—Bueno, sigue aguantando. Sin duda esos locos son fuertes. Tú lo has comprobado.

—Se está despidiendo.

Tucker me miró unos segundos.

—De verdad que me estás empezando a preocupar mucho. Entiendo que esa preciosidad te haya sorbido los sesos de todas partes, pero…

Me tuve que reír.

—Anda, déjalo —le pedí.

—No, ahora no te vas a librar. En serio, espero que me cuentes lo que pasa.

—Estoy cansado.

—Sí, llevas unos meses para olvidar, o para no olvidarlos.

—Estoy más cansado que eso. A lo mejor quiero cambiar de aires. Ya lo sentí estando con mi familia. Y después de todo esto… Morgan es alguien demasiado especial para mí, demasiado.

Entonces me sorprendió la pregunta.

—¿Cuántos años tienes, Lloyd? ¿Treinta y tres, treinta y cuatro?

—Serán treinta y cinco en abril. O eso espero.

—Bien. Pues si ya te has echado a perder lo bastante, pero esa barbaridad ya te había cazado, no vuelvas a dejarla escapar.

—Sigo siendo un paleto que sabe leer lo justo.

—Eh, mis gilipolleces las digo yo. Y los paletos también tienen derecho a que les toque una buena lotería de vez en cuando, ¿no?

—Te estás pareciendo a mi madre, Phil.

—Ah, seguro que la señora Ann Hunter es la más sabia y venerable de ese agujero de Midtown.

—Sin duda.

—Pues atiende a tus mayores, y sobre todo a tu madre.

—No es tan fácil. En realidad, tus filosofías son ciertas: no es recomendable pensar en caliente porque te puedes quemar. —Sonreí con ironía extendiendo las manos vendadas.

—O quedarte sin corazón y convertirte en un témpano de hielo.

—Vaya, ¿quién es ahora el sentimental?

—Nada, nada, démonos la razón mutua. Además, ¿qué es fácil con las mujeres? —Se encendió un cigarrillo—. Y está la niña también, claro. Sí, ese es un asunto delicado. Me he podido imaginar que hay una separación o divorcio o cualquier otra historia, porque yo tengo una mujer así y si con lo que ha pasado, todavía no he cruzado el charco, o soy un imbécil o… —Se calló, aunque yo no lo estaba mirando, luego le dio una larga calada al cigarrillo y terminó sin dejar de observarme—: … un hijo de puta. —Yo permanecí impasible, pero seguí sin mirarlo—. Ya veo. Un hijo de puta y parece que de los peores.

—Phil, ahora no puedo hablar.

Entonces se me puso enfrente, tiró el cigarrillo y le oí un tono que jamás me había puesto:

—No, claro que no, ni ahora ni después porque no quiero saber nada ni quiero enterarme de nada, ¿lo captas? —Asentí en silencio—. Pues mírame y dilo en voz alta, porque solo te advertiré de que si se te ha podido ocurrir ocuparte de él de cualquier manera, adelante, conviértete también en otro de esos cabrones. Pero entonces yo te buscaré, te encontraré y te encerraré personalmente, y por Dios que me encargaré de que te pudras en prisión. ¿Me has oído bien? Contesta.

—Alto y claro.

—Pues ya lo sabes. Volvamos. A ver qué pasa con ese loco.

Media hora después Jonathan Maxwell dejaba de existir. Albert aparecía tan abrumado y pesaroso que ni siquiera podía llorar, pero sus hijas sí y lo abrazaron con gran tristeza. El llanto de Morgan, sin embargo, era tranquilo e incluso agradecido a la muerte por no prolongar más la agonía de aquel ser perdido, pese al mal que había causado. Su admirable compasión. Y cuando llegó hasta nosotros, primero mostró una sonrisa a Tucker y después, sin reparos, me abrazaba y escondía la cara en mi cuello. Anna le cogía la mano con gesto compungido pero no mostró sorprenderse de nada.

—Estaba completamente lúcido —dijo Morgan mirándonos cuando se apartó y se secó las lágrimas—. Ha pedido perdón por todo y a todos. Después ha estado hablando con su padre, recordando cosas de su casa y de su infancia. Al final se le ha ido la mirada antes de decir que por fin volvía a ver a Arabella y esta vez ya sería para siempre porque ella también lo perdonaba. Entonces ha abierto una mano y se le ha caído un precioso camafeo que tenía un retrato de Arabella. Era bellísima… Después ya solamente ha cerrado los ojos. —Sonrió con tanta tristeza como dulzura—. Dios mío… Ojalá sea así.

—Eso esperamos todos, pero hay que hacerlo bien aquí, señorita Rochester, y amar a los vivos mejor que a los muertos para no volverse loco —dijo entonces Tucker, antes de caer fulminado ya sin disimularlo cuando ella lo miró y amplió la sonrisa.

—Tiene toda la razón, teniente —respondió.

Él ya solo balbuceó:

—Llámeme Phil, por favor.

 

***

Arthur Rochester pudo hablar con Albert Maxwell aquella misma noche. Albert le había pedido a Morgan que ella y Anna volvieran a su casa, pero ella se lo agradeció y, tras hablar también con su padre, le dijo que prefería respetar la lógica intimidad de la familia en aquellos momentos. Lucy y Madeline insistieron en que no les importaba su presencia, al contrario, que seguía habiendo algo en ella que les daba tranquilidad y atenuaba los sentimientos tan encontrados y confusos hacia su hermano. Morgan también les agradeció aquella deferencia y por supuesto asistió al funeral exclusivamente familiar y al discreto entierro que se le dio a Jonathan.

La prensa más carroñera devoró lo que pudo, pero no fue mucho, porque los monstruos dan más juego vivos que muertos. Así que los titulares se fueron haciendo más pequeños, aunque Carmichael aún protagonizó alguno que otro con su sonrisa de capitán de Homicidios más exitoso. Pero así también siguió desviando la atención y el nombre de Morgan no llegó a trascender.

 Anna y ella se quedaron conmigo otra semana después de haber cambiado los billetes de vuelta.  Morgan sí quiso justificar su ausencia en el congreso de enfermería al que había venido, ya que las compañeras con las que había coincidido de su antiguo trabajo se habían preocupado cuando no volvió a aparecer. Después solo quise que pasaran aquellos días de la mejor manera posible y a las noches les dimos muchas formas. La tarde antes de marcharse las llevé a que se despidieran de los Maxwell y ellos me reiteraron que podía contar con su amistad y ayuda cuando quisiera o necesitara y a ellas las invitaron a que regresaran para poder compensar aquella inesperadamente desafortunada y trágica visita.

La última noche que pasamos juntos no hubo palabras. Incluso Anna estuvo muy callada observando todo, primero en Cecchini's, donde Concetta nos obsequió con una cena exquisita, y después cuando su madre la acostó y solo preguntó si tardarían mucho en volver. Luego Morgan y yo apenas dormimos y seguimos sin decir nada, pero al amanecer ni sentimos cansancio ni tristeza. Fue únicamente en el aeropuerto donde ya no funcionó el silencio.

—Sí que eres como Akela. —Fue la despedida de Anna, que no me quiso soltar la mano hasta que llegamos al control de pasaportes y me agaché para ponerme a su altura.

—Pues intentaré seguir siéndolo.

—¿Vendrás a visitarnos? —Y entonces sí que se le cayeron los párpados.

—Posiblemente.

—¿Lo prometes?

—Certo, pero espero que tú vuelvas otra vez.

—Sí, cuando haya vacaciones, ¿verdad, mamá? —Morgan sonrió y asintió con la cabeza, y Anna me dio un beso que le devolví—. Arrivederci, Lloyd…

Arrivederci, principessa.

Morgan aún siguió callada cuando me abrazó y noté sus párpados cerrados en el cuello y su aliento entrecortado. Después musitaba:

Grazie, grazie per tutto.

A te, fata, per la tua magia di nuovo.

Después sujetaba las lágrimas:

—Hablaré con mi padre.

—Aquí sigo, ya lo sabes.

—Sí, amore, ya lo sé.

FIN

 

©Mariola Díaz-Cano Arévalo

 Noviembre-Diciembre, 2014. 


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