POR QUÉ ESCRIBÍ LUCES OSCURAS

He tardado mucho tiempo, diría que demasiado, en escribir esta historia.

Pereza, bloqueo, hastío, desesperación, inspiración, exceso de perfeccionamiento, insatisfacción, placer puro, ira, abandono, sensación de no poder o no querer, complejos, vacíos, aires de grandeza, inmodestia, inferioridad e incluso un toque de aviso a la poderosa e ilusa creencia de inmortalidad que tenemos los mortales. Todo esto me ha acompañado a lo largo de algo así como tres años. (¡Ya ni siquiera me acuerdo!).

Empecé de una simple idea que se fue multiplicando por diez. A veces porque surgían más, otras porque me las sugerían o me las proponían, las más porque no quería dejar de escribir. Al final se han llenado todas esas páginas y sólo un débil punto de lucidez me ha llevado a decir basta y cortar.

La realidad es que todo esto comenzó como intención de combatir, desatar o apaciguar una obsesión y una profunda e incondicional fascinación por ella.

Estas páginas no son publicables ni lo serán. Primero porque nunca se me pasó por la cabeza, no ya sólo por pecar de delito de plagio, sino porque nacieron desde un interior que es el mío, único, personal y exclusivo. Al principio sólo fue mío y poco a poco lo quise compartir porque se presentó la oportunidad y el deseo de hacerlo, quizás tanto por diversión como por empatía. Pero todo lo que está escrito y lo que no se queda en mí, aunque sé con seguridad (me conozco desde hace mucho…) que si no hubiera tenido la suerte y el privilegio de poder compartirlo, no lo habría acabado. Afortunadamente el exterior me sacó el interior, y la vida, lo primero a lo que debo agradecer, me ha permitido que sea capaz de terminar algo por una vez.

Ahora sí.

     Doy las gracias a toda la gente Crowe, amistades cercanas, todo el personal virtual y real, en especial al sector más duro, negro y salvaje por dentro pero adorable, querido y cariñoso por fuera (¡o al revés, como se prefiera!). Por estar ahí, por sus palabras de ánimo y de ganas de pegarme un tiro, por su paciencia, por sus críticas y sus halagos. Va por vosotros. Si gusta, mi recompensa será doble, si no… bueno, ¡esto es lo que hay!, y a mí desde luego ya me ha merecido la pena.

     Y, cómo no, dar las gracias a Russell Crowe. Sin él, todas estas palabras no existirían ni la gente que las lee. Y sobre todo, tampoco lo habría podido hacer Bud que, sin duda, supo elegir cómo y de qué forma encarnarse en cuerpo mortal porque su vida literaria ya es y será siempre inmortal (gracias, Gran Perro Rabioso). No han sido pocas las veces en que me he preguntado quién me ha obsesionado más, si él o el actor que se dejó invadir. Ahora lo tengo claro.

     Gracias, porque haber leído hasta aquí es para agradecerlo de por vida y con todo el corazón.

 

Mariola. 2004