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1. GOLONDRINA 

 

Diez centímetros de nieve al poner el pie en la calle día y medio antes del fin de año. El frío me quiso congelar la sangre y esculpir aristas en la cara pero no lo consiguió. En vez de eso sentí la lejana brisa de la orilla del mar. Dieciocho meses entre rejas no son nada y suficientes para querer olvidar hasta la piel, sobre todo cuando te la jugaron, así que el hielo y la ventisca fueron caricias de ensueño.

Laffin estaba metida en el coche. Se habría puesto tacones. Para ella daba igual que nevara o que el asfalto se derritiera: antes morir que no mirar al resto de los mortales desde el vértigo de las agujas en sus talones. La distinguí inclinarse, abrir la puerta del copiloto y agitar la mano como una posesa para que me diera prisa en subir.

Los tacones y su nombre que jamás me había dicho en las veces que vino a visitarme, mirándome igual que a un gusano, con el desprecio de quien se cree superior a pesar de la exultante estupidez de la que es tan habitual alardear en la juventud. Y sin embargo, sus ojos translúcidos me dieron a entender todas esas veces que de no haber sido por el cuarto de tres por dos y el vigilante afuera, no le hubiese importado en absoluto que me la hubiera follado como a una perra antes de aplastarme o devorarme —así lo creía ella— igual que esas elegantísimas mantis religiosas, tan esbeltas, bellas y tan letales. Su voz chirriante y altiva, de prodigiosa carrera hacia el cielo de las leyes, siempre sonaba fría explicando cómo iban las cosas pero al mismo tiempo me dejaba entrever en sus dientes perfectos, su pelo perfecto y sus trajes impecables que me tenía la factura preparada; minuta para pagar en esa carne que tanto quería comerme, con insultante intención de uso pero desesperado deseo también, desde que me había conocido cuando le dieron mi caso.

Me acerqué al coche, la miré y negué con la cabeza.

—Quiero caminar —le dije—. Para variar.

—¿Qué? ¿Es que no ves el tiempo que hace? ¡Llevo media hora aquí! ¡Sube!

—Quiero caminar —repetí—. Has sido muy amable al venir a recogerme.

—¿Adónde vas? ¡No seas idiota!

—Adiós, Laffin. Que te vaya bien y gracias por todo.

—¡Eres un imbécil! ¡No tienes donde caerte muerto! ¡Sube de una vez!

Tampoco en la calle me tenía respeto y estuve a punto de enseñarle a aquella niñata lo que era saber leyes realmente, al menos las mínimas de educación, aunque solo fuera por los ya cercanos cuarenta y cinco años de mi chasis. La oí vociferar más mientras me alejaba. Después el motor, el acelerador a fondo, la pasada rasante a mi lado, sus manos crispadas agarrando el volante y sus ojos transparentes fulminándome por comprobar efectivamente que yo era el gusano que siempre había imaginado. Laffin había sido mi abogado de oficio y ya no la volví a ver más.

***

Al que sí vi fue a Beauchamps. Aquel cajun tenía siempre barro en las botas de caimán, y más mierda aún hasta el cuello, pero me alegré de verlo en el Porch. Como a Kitty.

Ella pensó que yo era una aparición, pero Beauchamps me miró con miedo y no le faltaba razón. Hablé antes de que él tuviera tiempo de moverse.

—Vas a decirme dónde están, ¿verdad?

El cabrón recompuso el gesto tragándose los huevos.

Mon Dieu, c’est toi, mon ami, tu es revenu! C’est magnifique! Tu es très bien!

—Beauchamps, ¿dónde están?

Los huevos no le quisieron bajar.

C’est bien, c’est bien… De verdad que se te ve estupendamente. ¿No quieres nada? Kitty, char, ya sabes lo que toma.

Beauchamps por fin me vio bien los ojos, retrocedió un poco hacia atrás. Kitty me cogió la mano.

—¡Qué alegría, cariño! ¿Cómo estás? Espera, que salgo a darte un abrazo.

—Después. Déjame hablar con Beauchamps —respondí sin perder de vista al cajun, que escudriñaba entre el cargado ambiente veinte salidas de escape que no encontró—. Esta es la tercera vez y será la última que te lo pregunto. ¿Dónde están?

—En Reno —respondió a la velocidad del rayo.

—¿Reno? Mientes.

C’est vrai, pour ma vie que c’est vrai.

—Tu sais bien quoi m’importe ta vie.

—Mais oui, mais oui… Tu me crois, je sais que tu me crois et je peux, je peux te… —Se calló. Yo solo había levantado la mano para coger el vaso y beber. Dejó de hablar en francés—. Por Dios te juro que se fueron a Reno. Atlantic City se convirtió en una ratonera cuando te cogieron, pero sé que Louis está en Las Vegas, que Frank se separó de ellos y desapareció. El resto te juro que se fueron a Reno.

—¿Marcel también?

—Marcel, Xavier, Lean y el Danés.

—Me has contestado muy deprisa.

Entonces, de repente, bajó la voz y me echó el aliento al cuello, que me repelió.

—Es lo que me dijeron que debía contarte si me encontrabas.

Ni me lo pensé. Lo agarré por las solapas y lo aplasté contra la pared. Tres hombres se echaron a un lado, Kitty quiso salir de la barra y el encargado del Porch también. Yo volví a levantar la mano y no se movió nadie más. Beauchamps perdió el color y las rodillas le fallaron.

—¿No has hecho más que salir… y ya quieres volver a la cárcel? —siseó con la fanfarronería de los que no tienen nada que perder.

—Debieron ser Marcel y Louis a los que dieran por culo allí, ¿me oyes?, pero fui yo el que se la tragó sin saber nada. Aunque no te preocupes, mon ami, no pienso volver ni tampoco me han dado por el culo. Solo la voy a devolver y de mí no te enterarás de cuándo ni de cómo. —Y lo solté, dedicando una sonrisa a toda la concurrencia que observaba.

—También están buscando tu dinero y te descubrirán si empiezas a moverlo —dijo al tiempo que componía la pose y respiraba.

—Eso es. Si empiezo. —Mi sonrisa fue más amplia.

—Alors, qu’est que tu vas faire?

—Moverlo.

Me aparté, me volví a la barra y me olvidé del caimán. Vacié el vaso. Miré a Kitty. Dieciocho meses sin tocar a una mujer.

***

—No me beses en la boca, por favor. Sabes cuánto me gustas.

Yo no tenía intención de hacerlo y ella lo sabía, pero siempre lo decía antes de meterme en su cama. A mí no importaba y menos en esa ocasión.

—No me vas a contar nada, ¿verdad?

—Ya sabes que no. Solo quiero follar.

—La última vez hicimos el amor.

—Nunca hemos hecho el amor, Kitty, y se acabó hablar más, d’accord?

Le agarré la mano y me la puse entre las piernas. Me inflamé como una llama y ya no replicó más que para llamarme cabrón cuando la jodí por detrás contra la pared. Ni la oí tratando de vaciarme la mente más que los huevos, como no oí sus quejas, sus jadeos ni, al final, sus palabras por la insana adoración que me prodigaba. Tampoco la había oído antes. Kitty era chocolate negro con una mancha de leche, más amargor que dulzura, pero bien caliente. Chocolat au lait pour toi, le gustaba pronunciarme imitando mi acento cuando le daba por mostrar algo más parecido a la devoción de la gatita en celo de su nombre que a afecto. Cariño era ya pedir mucho.

Ahora ni siquiera me fijé en el cremoso bombón que era, ni en sus pechos duros y enhiestos donde los pezones —que me encargué de morder bien sin saciarme— se confundían, negros como la brea, con su piel de ébano que olía y sabía a licores y a miedo a que se los arrancara. No nos probamos, para todo hay una primera vez. Me corrí como en años sobre sus muslos abiertos y cuando creí que ya estaba vacío, seguí ardiendo, loco por estar pensando en desaparecer. Kitty interpretó lo equivocado, se me montó encima, obscena, y me acercó el sexo oscuro a la cara. Me negué y me aparté. Se estaba comportando como una puta y no me gustan las putas que dicen que no lo son. Me levanté medio mareado y me empecé a vestir.

—¿Te vas? —Se desconcertó.

—Sí.

—¿Ahora? ¿Dónde?

—¿Preguntas a estas alturas?

—No, pero mira qué noche. ¿No quieres descansar? Sabes que puedes quedarte el tiempo que quieras.

—Me tengo que ir.

—Pero vas a volver, ¿verdad?

No contesté y me abrigué bien.

—Tómate unos días —insistió con una insólita inquietud—, no tengas prisa. No me cuentes nada si no quieres, pero quédate y descansa. Te he echado de menos.

—Has echado de menos mi polla, no a mí, y seguramente ni eso.

—No seas grosero, eso no es verdad.

Entonces me acerqué. Ella distinguió mis ojos más negros que los suyos.

—No fuiste a verme ni una puta vez.

—Pero me dijeron que…

—Cuídate, Karine.

Lo entendió a la primera y se convirtió en la mujer que siempre había negado ser.

—Lo tienes claro, ¿eh?

—Llevo dieciocho meses teniéndolo muy claro.

—¿Y antes? ¿Y esto? ¿Esto también?

—Esto ya lo sabías. No te falta de nada. Lo seguirás haciendo muy bien. Cuídate.

Cogí mis cosas.

—Beauchamps tendrá razón. ¡No has hecho más que salir de la cárcel y vas a volver porque te cogerán, os cogerán u os matarán! —Se puso delante de mí, todavía desnuda, todavía con los pezones erguidos, desafiando a mis manos. Me cerró la puerta cuando yo ya la abría—. ¿Me oyes? ¿Qué vas a conseguir? ¿Qué quieres hacer?

—Odias las escenas y me estás montando una.

—¡Mírame, mírame! ¿De verdad que es así como quieres acabar esto? ¡No nos hemos pedido nada!

—Ni nos lo hemos dado, Kitty. Soy frío y no tengo corazón, ya lo sé.

—¡No, maldito seas! ¡Es porque tienes corazón que lo estás haciendo así, cabrón! ¡El tuyo antes que el de los demás!

—Escucha, no aceptes mis disculpas, yo tampoco quiero ningún perdón ni pretendo que me creas, pero nunca te he engañado, en lo que hemos tenido no. Solo deseo que te cuides, que encuentres otro amo que sí te quiera bien.

—¡Y ya está, ¿verdad?!

—Me voy a marchar de todas maneras. Déjame salir.

Se revolvió sacando las uñas que me había marcado en la espalda y abrió la puerta de par en par.

—¡Eres un hijo de puta! ¡Sí, vete, cabrón, vete! ¡No sabes hacer otra cosa más que joder!

Entonces sí comencé a oír sus gritos echándome cuando la brisa de hielo me volvió a acariciar el rostro. Se me olvidó decirle que había querido un beso en la boca toda mi vida.

***

Todas podían haberse llamado Kitty con distinto color de piel, nunca reparé en eso. Tampoco jugué jamás por vicio, simplemente la suerte no me fue esquiva. Jugaba y jugaba bien, y uno intenta ganarse la vida con lo que mejor sabe hacer. El resto del tiempo tocaba el saxofón.

La estrella me acompañó en las cartas pero no me sirvió para otros vicios ni para el amor. Eso es sabido de todos. El jugador con la suerte de cara nunca debe desear más que conservarla o se pierde la cabeza, y la ahuyenta con la codicia y la creencia en verse un ser superior. Yo tampoco tuve esa debilidad porque solamente hay que darse cuenta del don y luego es simple: saberlo usar, y a mí me enseñaron bien. Lo que pasó fue un tremendo error que, con mi clarividencia, no supe adivinar o… bien, seré más sincero, quizás también por un momento me creí un ser superior.

El este se me quedó pequeño (o mejor dicho, medio país), aunque Atlantic City resultó ser casi el paraíso que me estaba destinado poseer. Seis de sus muchos casinos me vetaron la entrada a falta de poder desenmascararme como fullero. Mi impoluto currículo y mi inocente saxofón —bien supo él que fue el que me dio las mayores satisfacciones— me ponían entre el candor y la sospecha, pero debajo no había red, por eso me guardé y defendí bastante bien. Hasta que fallé y la pagué.

Los jugadores que se asocian entre ellos no suelen acabar bien: demasiados egos. De manera que un día ocurrió esa redada avisada que todo el mundo espera en algún momento de esa vida, la huida mal calculada y un policía muerto cuando los propios colegas te cortan el paso. Homicidio involuntario. Envidia, codicia y traición: no fallan. Después, buen comportamiento e interminables lecturas en la biblioteca, disciplinado, un par de miradas a tiempo a los que se creyeron con poder para provocarme, los tacones de Laffin haciendo méritos en busca de grandeza.

Alquilé un coche y conduje media tarde hasta donde en realidad quería ir antes de volver a casa: la parroquia de Saint George. Una visita rápida, un sitio apacible y limpio después de mucho tiempo. El padre Martin no dio crédito cuando me vio aparecer tras el último servicio de aquellos días de Navidad.

—¡Por Cristo bienaventurado! ¿Eres tú? —Era una pregunta retórica que yo contesté con la primera sonrisa sincera en año y medio—. ¿De dónde sales? ¡Con la noche tan espantosa que hace! ¡Estás empapado! ¡Pasa, pasa a la sacristía que yo voy enseguida! ¡Por Dios bendito, esto no puede ser!

***

Malcolm Martin había oficiado el entierro de mi madre.

En aquel barrio de baja clase media en el que ella —amante discreta para biempensantes liberales y furcia barata para quienes pensaban aún mejor— se había colado bajo un impúdico techo que mi padre le puso sin casarse porque ya lo estaba, fuimos unos cuantos críos a los que Mal Martin tuteló. El aciago 29 hizo estragos en todos: a mi padre lo mató, arruinado en unas horas después de haberse permitido mantener a dos familias, confiado en toda su fortuna y descaro; a mi madre la enfermó más tras parirme un año y medio antes pero hizo de todo, hasta venderse al por mayor, para sacarme adelante y aguantó hasta poco después de Pearl Harbour. Así que yo me quedé en el hogar para huérfanos de aquella parroquia de Saint George hasta que pude valerme en los muelles y en la calle.

El padre Martin siempre nos vigiló. Las únicas cuentas reales que tuve pendientes fueron con él, con su básica pero única formación buena que recibí alguna vez además de la de mi madre y su tierno cariño. Quizás también por eso el endurecimiento de carácter vino a la par que las cartas de la vida pero, gracias a aquella mínima vigilancia llena de buenas intenciones, nunca tuve ni demasiada maldad ni acumulé demasiado resentimiento. Solo quise darle la vuelta a aquellas malas cartas o, al menos, ponérmelas de cara.

—No se preocupe. Lo espero aquí. —Y me quedé sentado en uno de los bancos cercanos al suave calor de las muchas velas luciendo alrededor de la Cruz del Divino Pastor.

Entonces la vi venir y me pareció que se tambaleaba. Me levanté y ella, inclinándose hacia mí, se cogió a mi brazo al tiempo que la sujeté.

—Lo siento muchísimo, perdóneme —dijo antes de cegar unos ojos que con la temblona luz de las velas me parecieron de ámbar. Casi al mismo tiempo se desmayó.

No pude calcular su edad y con aquel gorro en la cabeza y la palidez de su rostro, aparentaba mucho más joven de lo que podría ser. Su extraña delgadez al levantarla me hizo sospechar que aquella golondrina estaba tocada de un ala y me dirigí con ella a la sacristía ante las miradas curiosas de los últimos feligreses que salían y que el padre Martin despedía. Alarmado, Malcolm me vio y enseguida se apresuró a cerrar la parroquia.

—¡Esta chiquilla tozuda! Le dije que no viniese hoy, que todavía no está muy fuerte.

—¿La conoce?

—Es mi sobrina.

Así fue como Marie entró en mi vida.

¿No sigues? La tienes aquí. Hazte con ella.