Removió el café distraídamente.

¿Se irá?

Le llegó el tráfico del gris amanecer. Es raro ver niebla tan espesa en la ciudad, ver los dos puntos de luz de coches invisibles. Es inhumano estar en la calle a esta hora, es trágico vivir en ella y de ella.

 No te he recogido por compasión, ya hacía tiempo que te miraba de lejos y de cerca, al pasar o al detenerme, al fingir un olvido para desandar el camino y volver a cruzar. No te he recogido para divertirme ni para que me cuentes miserias o veas las mías. Tampoco por querer ser amigos ni para negociar un precio que yo también tengo. No lo he hecho por haber perdido la cabeza o hacerte perderla a ti. Creí que estábamos solos, sólo eso.

  Se levantó.

  Se irá. Aunque midamos igual las distancias y el tiempo.

 No se le ocurrió nada sobre la angustia por el espacio, sobre compartirlo. El espacio físico sí. Ese es fácil de administrar y expandir. Es tan fácil que debería estar prohibido para algunos desaprensivos, para esos vampiros que avasallan el aire que no tiene dueño, para los que avasallan a gente como yo. Pero ¡cómo deberían darlo todo para quienes son como tú!

  Apuró el café.

 Te calentaré el tuyo para que te lo tomes humeante y te sepa mejor. Siempre me ha salido muy bien, justo en su punto. Y solo, sin azúcar. Yo suelo mancharlo. ¿Ves? Al final lo estropeo. 

   Sí, sí se irá.

  El día fue abriendo, la niebla se volvió brillante de tan escarchada, se fue disipando hasta que sólo quedaron tiras, borrones veteados de asfalto.

   Anoche ella tenía los labios agrietados, miraba al infinito con el mate turquesa que tanto lo embargaba, hablaba incoherencias cuando le cogió las manos, pero se dejó llevar. Entró medio temblando, no recuperó el color hasta que tomó las drogas legales de la farmacia con lo que más agradeció: el gran vaso de leche tan caliente con un poco de miel para darle dulzor.

   No quiero pago alguno, no quiero nada ni me debes nada ni es mi buena acción del día. Si te vas mañana, te seguiré compartiendo. Cuando te vayas, al menos te habré compartido un poco el alma.

   Su cara apareció por el umbral. Las ojeras, el fulgor velado del sueño, el pelo alborotado, la sensación de ensueño, y sin embargo, el leve rubor en las mejillas de una desacostumbrada calidez.

   —Toma, no te quemes los labios, sopla un poco pero bébetelo así, seguro que te sienta bien. Espero que te guste.

    A ella le asomó una lánguida sonrisa que ya no parecía tan marchita. Se quemó los labios pero volvió a sonreírle.

    —Hará una tarde magnífica, a pesar del frío, del otoño siempre decadente y maldito. Será radiante, ya lo verás.

    —No me has tocado.

    —No quieres que lo haga.

    Negó y él afirmó. La niebla también los cubrió de rocío. Ella suspiró.

    —¿No esperas nada?

    —No, ¿por qué?

    —La gente no hace estas cosas.

    —¿Quién es la gente?

    —No me conoces.

    —Tú a mí sí.

    —No, nunca te he visto.

    —Eso no fue lo que me dijiste ayer.

    —¿Cuándo?

    —Cuando te besé.

    —Me has dicho que no me has tocado.

    —Y no lo he hecho. Tú me lo pediste.

    —No es posible.

    —Sí, igual que ahora. Tienes carmín en los ojos y me miras con los labios. Ayer también.

   La incómoda extrañeza en sus pupilas ante lo que está bien.

 —Tengo razones. No hay privilegios, sólo negocio. Esto no forma parte de mi voluntad.

    —No me rechazaste.

    —Tenía frío.

    —Esa es mi razón entonces.

    Tintineos en el cristal. Ahora lluvia.

    —Así que hará una tarde magnífica...

    —Me puedo equivocar.

    —Sí, yo también. Gracias. Me tengo que ir.

  Se dio la vuelta. Ya no había desmayo ni cansancio. El café le había sentado bien.

    —¿Es que no trabajas? —Asomó enseguida otra vez.

    —Sí, lo hago aquí.

    —Ah, el ordenador...

    El anaranjado chivato de "on" parpadeando. Un dibujo de un perro canela con cara triste, pequeño, un chucho ordinario, anodino, echado al sol, tranquilo. 

   Otra sonrisa. Limpia y sincera.

   —Me gustan los perros pequeños. ¿Es tuyo?

   —Lo fue.

   —¿Ya no?

   Silencio. Ella entendió.

   —Lo siento. ¿Le pasó algo?

   —Enfermó.

   —¿Vivió mucho?

  —Conmigo once años y por su cuenta no lo sé. Pero con que sólo me hubiera dado su compañía una hora, me habría dolido igual. Su agradecimiento y su fidelidad fueron infinitos.

   Otra pausa. Ella ladeó la cabeza.

  —Así que también lo recogiste de la calle. Así que no es la primera vez.

  A veces sólo hace falta un tono en una suposición, y el espacio se abre.

   —Sucedió así.

  —A lo mejor yo también soy un perro. Te quedó el impulso, el recuerdo, el sentimiento por un buen amigo. Eso sí lo entiendo.

   —No, no eres un perro.

   —Quizás ahora mismo me gustaría serlo.

  Un pestañeo, volver la vista atrás, el pequeño chucho corriendo desesperado a toda velocidad. "¡Para, para el coche, papá! ¡Para, deja que suba! ¡Pobre!", oyó él la voz del recuerdo. 

  —Te estoy entreteniendo. Me voy. Muchas gracias otra vez.

   —Ya sabes dónde estoy.

   —Y tu café.

   —Adiós, abrígate. 

  El espacio se cerraba de nuevo, sólo se quedó flotando una cortina de aire. La imagen del perrillo desapareció. Pasar suavemente el dedo por la superficie mágica. El chucho volvió a dormitar al sol, porque le gustaba, porque era tan friolero.

  Ven cuando quieras. Él ya no puede pero tú sí. No tienes que volver a ponerte al lado de ese semáforo. Tampoco tienes que correr ni jadear de cansancio y miedo, ni desfallecer de sensación de abandono.

   Se acercó al ventanal. Le pareció adivinar su figura bajo la lluvia.

   ¿Por qué te quieres mojar? Me tienes aquí y te espero. Aunque te vuelvas a ir. 

 

 

 (c)Mariola Díaz-Cano Arévalo  


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