DATURAS

Ilustración de (c)Lidia Kalibatas
Ilustración de (c)Lidia Kalibatas

−¿Me dejas conducir? Eres tú el que debe ver todo y disfrutar.

−¿No será que no te fías de mí?

−¡Eso también!

      Su risa me iluminó, me encendió, casi me dolió el placer de oírsela.

      Claro que la dejé, claro que no debía fiarse de mí, pero no me odia. Un padre borracho en el que luego me convertí, pero no me odia. Ahora nos debemos esto: la bruma matinal, el sol inusitado, el azul oscuro del agua, el verde infinito de esta tierra que nos vio nacer pero que yo apenas conozco. Tendré que robarle esa risa y laminarle la piel cuando lleguemos: ahí sí que están todos los mapas de mi única tierra. 

     −Mira −me indicó al frente cuando se vio la ría−. A la próxima cruzaremos en el transbordador. ¿Sabes todos los delfines que hay? Pues todas las veces que los veo, siento la misma emoción. Es infantil pero no puedo evitarlo.

      ¿Infantil? No hay nada infantil en ti, nunca lo hubo.

     −Porque no te mareas, ¿verdad? Ya eres más que mayor y no creo que hayas perdido la costumbre a las curvas.

     Sí, yo sí que debía de ser el niño a su lado. Y no, las curvas son lo mío: una casi me mató pero después no se me quedó el respeto y las seguí dibujando, ciegas, hechas de vapor y frío, de nuestro demonio, hasta que me desperté en aquel colector. Y las de ella, aun habiendo querido borrarlas, fueron imposibles de olvidar. ¿Cómo serán ahora? Apenas puedo esperar.

   Le haré caso, me concentraré en mi alrededor pasando rápidamente, en la frescura de los altos helechos, en los grises eucaliptos abigarrados en las laderas, en los castaños, en los plátanos, en el mantillo espeso y negro bajo ellos del que me llega el aroma húmedo.

      Ni una nube en el cielo ahora. Es tan extraño. Apenas salíamos, nos envolvía la bruma. Sólo unos kilómetros más al sur y ni una brizna. ¿Extraño? Todavía no sabes dónde estás, ¿verdad? Aquí la luz siempre la trae el océano, choca en los cabos y entra en las rías, que la expanden. La jugosa naturaleza la filtra y los pequeños pero múltiples cogollos de casas y poblaciones la reciben con alborozo, tan escondidas y empinadas entre el verdor. Sólo la piedra de las iglesias y ermitas que aparecen entre recodos atrae esa luz y la acoge a sagrado, para que les caliente los muros, las vidrieras y a los santiños, los únicos siempre a resguardo de la lluvia que nos ha dado esta vida de agua.

   Entonces la visión del puente me sobresaltó. Ya lo había distinguido antes desde lejos pero ahora, tan cerca, su grandiosa estructura, los inmensos pilares… Casi dos kilómetros del mayor estrechamiento de la ría, dos extremos unidos en unos pocos minutos suspendidos en el aire cuando, desde que Dios arañó aquellas costas para afilar el mundo, se habían cruzado navegando.

     Nos metimos en el tráfico más denso que se dirigía a la ciudad. Y a mí los coches circulando me parecieron diminutos, opacos, engullidos por aquel reluciente firme, atrapados en la red de cables de grueso acero que nos sostenían, expuestos a que el Atlántico soplara en cualquier momento en un día de los nuestros y cayeran al agua sin mayor resistencia.

       −Impresiona, ¿eh?

       −Mucho.

     −Sí, la primera vez que pasé casi sentí vértigo, pero quizás todavía es más imponente cuando cruzas por debajo. Vinimos algunos días cuando lo estaban construyendo y Rafa desembarcaba en el Berbés o tenían que descargar en Rande. Y todas las veces le gustaba recrear la batalla.

        Lo dijo sin tristeza pero perdiendo la mirada tres segundos.

        Rafa.

     Eso, recuérdalo. En mí sólo se quedó el amigo siendo un muchacho que ya había abierto su existencia al mar.

     De pronto, la ría me pareció demasiado oscura. Vi las baterías dispuestas, las mayores desplegadas del Royal Sovereign acercándose, los cientos de gallardetes ondeando, el bloqueo de Chateau−Renault en su Le Fort, el desconcierto de los defensores en la costa, las órdenes en grito del almirante Velasco. Después escuché los cañonazos incesantes desde uno y otro lado desgarrando velas, destruyendo muros, desarbolando navíos y galeones; vi las astillas y el fuego, el negro humo más espeso que cualquier bruma.

    Creo que he recreado esa escena millones de veces, ya lo hacía con Rafa siendo los dos rapaces, que él sí que se la sabía de memoria porque le fascinaba; pero después, en todos los vapores en los que me sumergí bebiendo, sé que la he visto desde el castillo del Jesús, María y José y desde la garita de la costa, incluso bajo el agua. Sí, puedo jurar que es ahí abajo donde mejor la he visto. Con la mirada empañada de alcohol la perspectiva no puede ser más extraordinaria y terrible.

     Ese gotoso de Rooke y su jauría inglesa y holandesa saquearon estas aguas como antes Drake y otros piratas de su calaña, que no tuvieron otras cosas mejores que hacer. Deberíamos haber escarmentado ya de esos hijos de San Jorge cuando hay oro, ambición y guerras de por medio. Pero no.

     Rafa también descansa de una batalla que jamás debió librar porque ya lo tenía todo, porque todo es ella aquí a mi lado, porque además la multiplicó en la preciosa hija que le engendró en las entrañas que yo le amé antes más que a nada. Así que ya nunca habrá respuesta a por qué quiso embarcarse en aquella travesía de la que no regresó. Y yo nunca quise tener que ver con eso por más que lo pude sentir.

      −Te quedaste muy callado.

     Los hijos del Dragón y los tulipanes se largaron a todo trapo con las bodegas rebosando de rapiña. Ella seguía conduciendo, atenta, atravesando el laberinto de intrincados desvíos en cuestas y giros hacia todas las direcciones y puntos de la ciudad.

      −Sí −contesté−, me distraje, perdona. ¿Me dijiste algo?

      −No, sólo que estabas muy serio.

      −¿Pero no vas mirando hacia delante?

      −No me hace falta mirarte para verte. 

      −Eso es verdad −sonreí.

   Ella me imitó. Media hora después sí la tenía de frente. Nos habíamos detenido en los aparcamientos del puerto deportivo y yo contemplaba la muralla del que fuera el castillo de Monterreal, rodeando lo que ahora era un exquisito y espectacular parador de turismo. Después me tiraba de la mano y caminábamos hacia los muelles, y yo descubría otro trozo de tiempo entre los mástiles de pequeños veleros y los motores de fuerabordas.

      Terminó de esfumarse cualquier rastro de navíos dieciochescos ante aquella carabela. Era una réplica de la historia pero su nombre, y el de su capitán, Martín Alonso Pinzón, ya siempre sería Historia. También hubiera podido ser de juguete, una construcción de piezas de madera que hubiese armado cualquier niño para echarla después a navegar en un riachuelo.

      La Pinta dormía al sol su sueño inmortal en un suave vaivén de brillos y me conmovió por su anacronía con todo lo que nos rodeaba. Velas como manteles, gallardetes como pañuelos de bolsillo, cuadernas y baos como mis dedos. Se mecía tranquila, ufana. Regresó trayendo noticias de una tierra nueva de la que yo tal vez todavía no he vuelto aunque me fui sin querer.

       Otra vez ella tiró de mí.

       −Venga, sigamos. Queda la mejor parte.

     Tuvo razón porque vi dónde había ido Dios a afilarse esas uñas: la rocosa costa, descarnada y desnuda al mar abierto, desde el cabo Silleiro hasta la desembocadura del padre Miño en La Guardia. En mitad del camino, un monasterio casi lamido por los embates de las olas, el de Santa María de Oia.

     Hubiéramos ido aquel domingo de mayo de hace algo más de treinta años, yo a punto de los dieciséis, tú con catorce. Encuentro de corales de toda la provincia. Tú con tu mejor voz, yo con mi flauta de boj. También nos subirían a los castros de Santa Tegra y veríamos la inmensidad que se divisaba desde su cima. El desvencijado autocar tenía previstas dos paradas: una ya la habíamos hecho, otra sería allí, en aquel monasterio. Para empezar a afinar. Si hasta pasaríamos la primera noche fuera de casa, en un albergue del minúsculo pueblo que lo rodeaba.

      El sol quiso brillar menos a nuestra espalda, tras las alturas de las montañas, con la espuma de las olas resonando aunque pareciera que rompieran tan lejos. Sentí un poco de frío al bajar y volví a traer recuerdos de fuego.

      Algunas veces los ensayos del coro eran en la sacristía y también en la iglesia donde fuéramos a cantar. Algunas veces habíamos llegado antes sólo nosotros. Algunas veces nos habíamos marchado los últimos. Una vez hasta perdimos los papeles, literal y figuradamente.

      Comuniones de junio en Cela. La antiquísima y pequeña iglesia románica del siglo XII. Su coro en alto frente al altar desde donde casi podía tocarse el rico artesonado de madera del techo. La tarima crujiente al pisar. Algunos bancos. Las peanas para los pasos de la Semana Santa al fondo.

       La acústica de las voces se impregnó del eco de las piedras y fue muy suave. Tu voz sonó como gotas de lluvia tintineando en cristal, y más dulce que nunca. El bueno de Melo Feijoó había templado su gaita al mínimo y yo apenas me atreví a respirar para dar aire a la flauta. Don Agustín no alzó ni una vez los brazos para dirigirte y, cuando acabaste, se extendió un largo silencio hasta que el párroco pareció recordar que debía continuar la celebración.

       Era un día para los niños pero fue tu día.

      Los nervios, la emoción y unas felicitaciones de prácticamente la parroquia entera te hicieron olvidar la carpeta con las partituras y un pañuelito bordado que te había regalado tu abuela y siempre llevabas dentro a modo de amuleto. Y cuando ya se había cerrado la iglesia pero aún andábamos por los alrededores, tuvimos que buscar al párroco para que nos diera las llaves.

      Fue sólo un momento y te acompañé. Subí tras de ti por la estrecha escalera de altos peldaños pero me adelanté para recoger la carpeta olvidada en el extremo del banco. Antes de dártela y bajar, no me pensé ni un segundo el beso que te di. El siguiente me lo pensé dos porque fue en la boca. El tercero tuvo la respiración tan excitada por el peligro y el sofoco de la caricia. En el cuarto, te había apoyado contra el muro y la piel del cuello te palpitaba.

        Nos van a venir a buscar, nos verán, me dijiste sin pararme.

      Sólo uno más. Cantaste tan bien… Cada día lo haces mejor y eres más guapa y me gustas más y…

      Estuviste a punto de olvidar la carpeta de nuevo.

      −Eh… ven aquí, vuelve.

      Pero me empezaron a temblar las manos. Ella me las agarró con fuerza. 

    −Mírame, mírame. Eso es. Mira al frente, al mar, a mí, a mi alma. Se pasará. Todo se pasa aunque no nos lo creamos.

      Le hice caso. Siempre se lo hice.

   −Estamos en casa −siguió diciéndome apretándome los dedos contra su cintura−. No marchaste. El alma no pone distancias.

   La abracé, me hundí en su cuello, me embistieron sus olas, su luz y mis batallas. Me recreé en mi tierra y en sus curvas y círculos perfectos. A nuestra espalda aquel enorme magnolio y, mecidas por el viento, tantas daturas blancas que nos intoxicaron. Cuánto las había echado de menos. 

  

©Mariola Díaz-Cano Arévalo

Febrero 2011


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